lunes, 25 de marzo de 2013

Rodolfo y las sillas


Hace algunos años, vino a la Facultad de Sociales Lilia Ferreyra, quien fuera compañera y mujer de Rodolfo Walsh.  Dio una charla en el auditorio de la vieja sede de la calle Ramos Mejía, en Parque Centenario. No seríamos más de 100; todos la escuchamos en silencio, asombrados, contar no sólo muchas de las cosas que ya sabíamos o habíamos leído –la Carta abierta, la lucha informativa en la Clandestinidad, la inteligencia en Montoneros, la decodificación de la invasión yanqui en Bahía de Cochinos- sino también pequeños retazos de la humana y cotidiana vida de Rodolfo. En la voz de Lilia, el inmenso y mítico Rodolfo Walsh, el ejemplo y el mártir, tomaba dimensión terrenal.

Recuerdo dos cosas que me quedaron grabadas, y que dieron vueltas mucho tiempo en mi cabeza.
Una, su amor por los caballos. Contaba Lilia que Rodolfo amaba a esos bichos, de una manera apasionada, casi irracional. Lo imaginé montando contra el viento, allá en su lejano Choele Choel, cabalgando contra el olvido.
La otra, la enorme timidez e inseguridad de Rodolfo, su pánico a hablar en público. Lilia contó una anécdota que lo pintaba de cuerpo entero. Walsh tenía que dar un discurso, no recuerdo exactamente en dónde, quizás en la CGT de los argentinos. Estaba aterrado, paralizado. Evidentemente, lo suyo no era el baño de masas, aunque su lucha y su legado conectan ahí, en el sentir más profundo de un pueblo.  Así que se subió a una silla y mirándola a su compañera desde ahí arriba, comenzó a ensayar su discurso, su arenga. Según contó Lilia aquella noche de marzo en la facultad, Rodolfo se hizo también así, a los ponchazos, subido a las mesas y las sillas, jugando a ser Lenin, o Fidel, o Perón, para darse coraje.  Ese que no le faltó cuando redactó  su carta de denuncia, como un trompazo al corazón del monstruo genocida; ese que le sobró cuando lo emboscaron a plena luz del día, hace 36 años, con su revólver en una mano y el maletín con las copias de la Carta a la Junta en la otra, literalmente armado de valor hasta los dientes.


jueves, 21 de marzo de 2013

Anti-elogio de la pobreza. Disquisiciones ¿filosóficas? en trece actos

I

Son tiempos aciagos estos, pienso mientras me siento a escribir. Es como vivir hace una semana en una especie de realidad paralela. Busco diluir el enojo, tratar de pensar, mirar desde un lado y del otro. De todos modos, hay lugares que ni pienso pisar, ya sé hace unos años que hay ciertas veredas a las que se que no me cruzaré jamás. Pero evidentemente, no todo es blanco y negro, y empiezo a sospechar que a los enojados e indignados hay algo que se nos está pasando, algo que no alcanzamos a percibir o leer, detrás de la cortina nebulosa, de toda la lluvia que nos estuvieron vendiendo en estos días.
Trataré de ser franco, todo lo que se pueda y a contramano con el clima de época. No puedo sumarme a la ola de euforia, júbilo y algarabía ante la designación de un papa argentino. Lo miro desde afuera, con una mezcla de asombro y desconcierto. Se pasó la bronca, se fue diluyendo la indignación, esa que brota desde lo más hondo y de manera cuasi irracional ante lo que uno cree que son injusticias, retrocesos, rodadas cuesta abajo. Me limito a mirar con extrañeza y curiosidad aquellas manifestaciones de sincera alegría popular, con incredulidad a aquellos que se cambian de ropajes al mejor postor, con rabia a los miserables de siempre, los agoreros de la desdicha, los genocidas que se prenden la escarapela, los versadores de dictaduras y de muertes, los reaccionarios de la viga en el ojo propio.
De repente, de un día para el otro y como quien no quiere la cosa, nos inunda una marea imprevista, desmesurada, irracional. Sensaciones, emociones, palabras, imágenes, discursos, aparecen encaramados sobre un cauce desbocado que parece dispuesto a darlo vuelta todo, a romper los diques, los esquemas. Pienso que a pesar de todo, es un buen momento para estar vivo; es también un buen momento para pensar, para conversar con los otros, para tratar de entender, para revisar los postulados con los que se mira el mundo y también para reafirmarlos en renovada convicción.
Son tantas las cosas que escucho, que veo, que se me hacen inabarcables. Quiero decir tanto que me desboco. Doy vueltas en la cabeza, hasta que se me aparece algo, una hendija pequeña en un muro opaco, la punta de un ovillo enrevesado, un punto de partida o de entrada, uno entre tantos.
Hace días, y como hace mucho que no, escucho hablar de la pobreza. El papa y los pobres están en boca de todos, en la radio, en la tele, en el diario. Son los nuevos vientos que soplan desde esta lejana tierra del sur. Lo gritan a coro los medios de desinformación del mundo, el nuevo papa es una persona común: sencillo, humilde, austero y encima se elige el nombre de un tipo que, según cuentan, le dedicó su vida a los pobres, haciéndose él mismo uno más de ellos. Lo oigo decir que quiere una iglesia pobre, para los pobres. Me suena a contrasentido, a pretender que no sean opuestas las dos caras de una moneda, a que puedan juntarse el agua y el aceite por algo más que unos pocos segundos. Pienso en la potencia de las palabras, de los significados que estas pueden construir, en cuantas cosas pueden decirse sin decir nada, y en cuantas cosas pueden esconderse detrás de lo que se dice.
Pienso en la pobreza. Está allí, en boca de todos, en perfecto estado de abstracción.  Aparece como una categoría absoluta, algo escindido de lo mundano y lo terrenal. La pobreza es como el amor, el dolor, la amistad, la solidaridad. Es un valor, una entidad autónoma que siempre depende de quien la enuncie y de quien la sienta.
No hay responsables, no hay relaciones, no hay causas ni hay consecuencias. Hay pobres, como hay niños, como hay ancianos, como hay hombres y hay mujeres. Hay pobres pero la existencia de los ricos se desdibuja, no hay pocos que se quedan con lo mucho que es de todos, no hay repartija de la torta, no hay hambre, no hay guerras, no hay muchos pobres porque hay pocos ricos. Tan sólo esa cosa que está ahí, fijada desde lo inmemorial, una entidad con carácter de eternidad, etérea, divina, mítica, el estadio superior de todo lo vil y lo bajo en este mundo; señoras y señores, con ustedes, la Pobreza.

II

Los pobres son la sal de la tierra, me van a decir. No son algo abstracto, una enajenación, están ahí, son el pueblo de Dios, los humildes que sonríen en sus corazones porque ahora tenemos un papa bueno, uno de los nuestros; incluso es una circunstancia que sea argentino, podría ser uruguayo e hincha de Peñarol  y estaríamos en la misma. La posta es que viene del sur del mundo, a un mundo donde los que decidieron siempre fueron los del norte; un tipo humilde y sencillo entre una cohorte de seres viles y despreciables. No tengo argumentos para refutar. En realidad, los tengo, pero tengo que entrar en el juego, en estas circunstancias, me parece, no vale tirar piedras desde afuera, porque no sirve.
De repente, y como parte de ese torrente desbocado que nos invade, todos hablan de Dios, ¿se fijaron? De repente, Dios no sólo es argentino sino que además, como reza la voz popular, está en todas partes, en la escuela, en el subte, en el trabajo, en la mesa, en boca de los mamarrachos que presentan las noticias en los canales de cable. No puedo dejar de sorprenderme con este reverdecer litúrgico, casi en paso de pedo místico. Te das cuenta, me digo, no se puede evitar, hay que entrar en el juego, sino vamos a perder.


III

Creo que nunca creí en Dios, aunque hubo una época en que hice esfuerzos denodados por convencerme de que sí. No sirvió de nada, fue un desvío para volver al mismo lugar. Me acuerdo que una vez, en el catecismo para la comunión le pregunté al catecista –un pibe que no tendría más de 20 años- cuál era el Dios verdadero. Yo tendría 7 u 8 años y me había enterado que existían otras religiones que también adoraban a un solo dios, judíos, musulmanes, protestantes, todos tenían sus reglas, pero tenía que haber una posta, alguien que estuviera en lo correcto. Obviamente, el muchacho nos dio la razón a nosotros, Dios era de los nuestros, los otros ya se iban a dar cuenta alguna vez. Evidentemente, no me convenció la respuesta, porque aquella pregunta volvió a aparecer tiempo después, y afloró una vez más, y otra. La verdad, qué poco tino el tipo, porque me podría haber dicho que había un solo dios, que los hombres lo adoraban de maneras diferentes, y que todas ellas eran válidas. Allí se hubiera zanjado la cuestión, aunque sea temporalmente, y yo me hubiera contentado formulando nuevas y variadas inquisiciones y preguntas.
Todo esto para decir que soy ateo, acérrimo y convencido, pero con la certeza de que no puede cuestionarse la fe, algo que supongo debe nacer de adentro, incontrastable, irrefutable, ese misterio al que aluden todos los sacerdotes en la misa del domingo antes de anunciar la muerte y proclamar la resurrección.
Discutir la fé sería como cuestionar que la lluvia a algunos les da alegría y a otros los entristece. Que hay quienes prefieren un pedazo de torta y otros un pedazo de queso, o algunos que prefieren las frazadas del invierno y otros los sudores del verano. Que hay hinchas de Racing e hinchas de Independiente igualmente apasionados. Que hay tipos a quienes nos gustan las mujeres y otros a los que le gustan los hombres. Que hay mujeres de todos los colores. Que hay personas que se conmueven con los animales incluso más que con las personas. Que un mismo libro, una película o una canción, puede parecerles maravillosa u olvidable a dos personas distintas. Que hay quienes andan con la frente en alto y los pies en la tierra, y otros directamente miran hacia el cielo y despegan unos centímetros del suelo. Sería pues, cómo cuestionar el valor de la libertad, pero no esa cosa abstracta de la que nos hablan para justificar que algunos hacen lo que quieren a cualquier costo y otros ni siquiera pueden elegir. La libertad de sentir, de pensar, de ser y de caminar como uno quiere.
Si la Fé, como los sentires que nacen de adentro, no puede cuestionarse, sí se pueden reprochar dogmas, cuestionarse ideas, puntos de vista, hechos, hombres, la historia. Podría hablar de las miserias de los hombres pecadores que forjaron esta Iglesia que se puso tan de moda en estos días, el poder, el dinero, la monarquía, el discurso único, el absolutismo, los genocidios, la sangre, las cruzadas, todo en nombre de Dios. Pero no alcanza, tengo que entrar en el juego, echar mano a la esencia del cristianismo, es decir, de su máximo profeta y estandarte.

IV

Imagínense que no sólo pongo en duda, porque no puedo hacer otra cosa, que haya sido el hijo de Dios, engendrado en una madre virgen por obra y gracia del Espíritu Santo. Algunas veces me he permitido incluso dudar de que este tipo haya existido realmente, o al menos, que haya sido todo eso que nos cuentan que fue. En este punto, como en la discusión sobre la fe, es a creer o reventar. Pero importa más el relato, el mensaje, el mito que su encarnadura en la historia verídica. Qué importa si Jesús existió realmente, si es el acontecimiento más importante en la historia de la humanidad.
Siempre fue así, y a pesar de mi convencido ateísmo, no deja de parecerme un tipo simpático, entrañable, alguien singular, una fuerza irrefrenable que marcó el signo de los tiempos, un mensaje tan fuerte y radical, que no pudo otra cosa que ser incomprendido y tergiversado. Cosas maravillosas como el amor, la solidaridad, la entrega, la fraternidad, la comunión, olvidadas en los anales de los tiempos por los señores y guardianes de la doctrina de la fe, aquellos que se arrogan el derecho de regentear no sólo todo lo que ese tipo dijo e hizo, sino todo lo que no dijo, pero que seguramente pensaría hoy en día.
Pienso en las cosas que conocemos, que nos contaron, las que aparecen en unos libros que eligieron entre tantos otros para transmitir el mensaje a la posteridad. El tipo era el hijo de un carpintero, ya de chico pintaba para más, cuando los chamullaba a los doctores de la ley en el templo, el pequeño no se apichonaba con los grandes. Andaba rodeado de pescadores, putas y mendigos, llamaba a poner la otra mejilla, a amar al prójimo como a uno mismo, se peleaba con los mercaderes que habían mancillado su templo, y amenazaba con derribarlo y volver a levantarlo en tan sólo tres días desde sus cimientos. Compartía lo poco o mucho que tenía con sus compañeros, amaba a sus amigos y advertía que lo bueno o malo que le hicieran al más pequeño de sus hermanos se lo estarían haciendo a él, afirmaba que era más probable que un camello –hay quienes afirman que hablaba en realidad de una soga gruesa para atar los barcos- pase por el ojo de una aguja que un rico entre al reino de los cielos, invitaba a mirarse las propias manos antes de arrojar la primera piedra, a olvidarse de uno mismo para encontrarse en un abrazo fraterno con los otros, los que lo rodeaban.  
Llevaba un mensaje de justicia, paz e igualdad, también de lucha, nunca de sumisión. Para alcanzar el reino de los cielos no hacía falta más que mirar alrededor y empezar a hacer. ¡Qué efectivos fueron sus glosadores al postergar el reino de justicia para el más allá, salvaguardando y legitimando las injusticias del más acá!
Por su mensaje, a todas luces revolucionario, lo mataron los poderosos, los guardianes de la ley, aquellos que no podían tolerar el desafío arrojado a la cara, el cuestionamiento a un orden corrupto y degradado; un plebeyo, el hijo de un carpintero que se hacía llamar hijo de Dios, y que ponía en jaque todo el edificio construido durante milenios por unos tipos que eran serviles con sus amos romanos, pero inflexibles con su pueblo, un pueblo que había caminado 40 años por el desierto en busca de una promesa de redención. Y piensen también, que no sólo fueron esos poderosos quienes signaron el destino final del accidentado mesías; su mismo pueblo, ese que lo recibió con alegría agitando ramos de olivo le dio la espalda, e incitado por sus líderes, lo condenó a la cruz, eligiendo liberar a un asesino condenado en vez de a un tipo que multiplicaba los panes y los peces, que curaba a los leprosos y le devolvía la vista a los ciegos. Parece que los pueblos a veces se equivocan. Pero no es este el nudo de la cuestión.
Lo que quiero decir, es que el mejor camino es juzgar a la Iglesia Católica a partir de sus propios principios, esos valores transmitidos por el hijo de Dios, salvador de la humanidad. Y ahí pierden por goleada. Pero veamos. 

El mundo en que vivimos

Canal Metro, un programa de mierda, creo que se llama Debate Industrial y un chabón de una empresa de RRHH hablando de los avatares de los ejecutivos y gerentes en la Argentina, y que supuestamente hay menos demanda de esos puestos en el último tiempo. El conductor le pregunta cuánto gana más o menos un ejecutivo, el tipo este dice que al tipo de cambio están altos, da vueltas, habla de Brasil y de porcentajes, no suelta la cifra. El conductor, insiste, cúanto, más o menos, en promedio. El tipo quiere zafar, quizás por lo impúdico o desmesurado de la respuesta, o por tener largamente aprendido el ejercicio de la mesura sobre ciertas cuestiones de las que no conviene hablar, al menos no por fuera de ciertos círculos, para no generar demasiadas suspicacias. Igual no le alcanza, tiene que largar el dato ante la insistencia. Versado en la artimaña, saca a relucir un guante y canta el monto de la guita, pero en dólares. A este tipo de cambio, dice, para nublar aun más la respuesta y sembrar la duda, serán entre 250 y 350 mil dólares anuales, más vacaciones, premios y cosas etéreas que engrosarán la cuenta, al final del ejercicio. Cuanta guita, pienso, y hago la cuenta al instante. Al cambio oficial, son como 1 millón y medio de pesos, para arrancar. Ni me hace falta hacer la cuenta al monto del dólar blue, paralelo, oficializado sin anuncios por el gobierno, es un montón igual.
Pienso que estas cosas se saben, uno sabe que pasan, pero qué cosa distinta con el numerito ahí, dando vueltas en la cabeza.
Un maestro que trabaja doble turno, que además trabaja en su casa, que deja la voz y la juventud entre las cuatro paredes del aula, cobra 6000 pesos, limosna más limosna menos. Un residente de hospital público, o sea, un médico joven y recién recibido que trabaja con la salud de las personas, y que por ahí no duerme por 3 días, anda también por ahí, más o menos.
Igual estas cosas se saben, en qué mundo vivis, me digo, no nos vamos a sorprender a esta altura del partido. Pero igual está el número ahí, fresquito, y a eso sumale el cambio a 8 pesos, toda la perorata de bonificaciones, viajes, casa, auto, y el telo con las amantes pagado con la tarjeta gold de la empresa. Y encima lo que el tipo este seguramente omitió, o la rebaja que le haya metido al monto. Redondeá el número final que quieras, todo eso un gerente de, ponele, Unilever, Citibank o Turner.
El número fresco, me repito. La injusticia, en un puñado de ceros. Se sabe, pero nadie lo dice, no se habla en la tele ni en el bondi de eso. El número, palo y medio, dos palos, gente que no tiene casa, a veces ni agua, pibes que patean calles de barro que se inundan y pavas calentadas con gas de garrafa. El mundo en que vivimos, a esta altura del partido, dejame de joder.

4 de marzo de 2013