I
Son tiempos aciagos estos, pienso mientras me siento a
escribir. Es como vivir hace una semana en una especie de realidad paralela.
Busco diluir el enojo, tratar de pensar, mirar desde un lado y del otro. De
todos modos, hay lugares que ni pienso pisar, ya sé hace unos años que hay
ciertas veredas a las que se que no me cruzaré jamás. Pero evidentemente, no
todo es blanco y negro, y empiezo a sospechar que a los enojados e indignados
hay algo que se nos está pasando, algo que no alcanzamos a percibir o leer,
detrás de la cortina nebulosa, de toda la lluvia que nos estuvieron vendiendo
en estos días.
Trataré de ser franco, todo lo que se pueda y a contramano
con el clima de época. No puedo sumarme a la ola de euforia, júbilo y algarabía
ante la designación de un papa argentino. Lo miro desde afuera, con una mezcla
de asombro y desconcierto. Se pasó la bronca, se fue diluyendo la indignación,
esa que brota desde lo más hondo y de manera cuasi irracional ante lo que uno
cree que son injusticias, retrocesos, rodadas cuesta abajo. Me limito a mirar
con extrañeza y curiosidad aquellas manifestaciones de sincera alegría popular,
con incredulidad a aquellos que se cambian de ropajes al mejor postor, con rabia
a los miserables de siempre, los agoreros de la desdicha, los genocidas que se
prenden la escarapela, los versadores de dictaduras y de muertes, los
reaccionarios de la viga en el ojo propio.
De repente, de un día para el otro y como quien no quiere la
cosa, nos inunda una marea imprevista, desmesurada, irracional. Sensaciones,
emociones, palabras, imágenes, discursos, aparecen encaramados sobre un cauce
desbocado que parece dispuesto a darlo vuelta todo, a romper los diques, los
esquemas. Pienso que a pesar de todo, es un buen momento para estar vivo; es
también un buen momento para pensar, para conversar con los otros, para tratar
de entender, para revisar los postulados con los que se mira el mundo y también
para reafirmarlos en renovada convicción.
Son tantas las cosas que escucho, que veo, que se me hacen inabarcables. Quiero
decir tanto que me desboco. Doy vueltas en la cabeza, hasta que se me aparece
algo, una hendija pequeña en un muro opaco, la punta de un ovillo enrevesado,
un punto de partida o de entrada, uno entre tantos.
Hace días, y como hace mucho que no, escucho hablar de la
pobreza. El papa y los pobres están en boca de todos, en la radio, en la tele, en
el diario. Son los nuevos vientos que soplan desde esta lejana tierra del sur.
Lo gritan a coro los medios de desinformación del mundo, el nuevo papa es una
persona común: sencillo, humilde, austero y encima se elige el nombre de un
tipo que, según cuentan, le dedicó su vida a los pobres, haciéndose él mismo
uno más de ellos. Lo oigo decir que quiere una iglesia pobre, para los pobres.
Me suena a contrasentido, a pretender que no sean opuestas las dos caras de una
moneda, a que puedan juntarse el agua y el aceite por algo más que unos pocos
segundos. Pienso en la potencia de las palabras, de los significados que estas
pueden construir, en cuantas cosas pueden decirse sin decir nada, y en cuantas
cosas pueden esconderse detrás de lo que se dice.
Pienso en la pobreza. Está allí, en boca de todos, en
perfecto estado de abstracción. Aparece
como una categoría absoluta, algo escindido de lo mundano y lo terrenal. La
pobreza es como el amor, el dolor, la amistad, la solidaridad. Es un valor, una
entidad autónoma que siempre depende de quien la enuncie y de quien la sienta.
No hay responsables, no hay relaciones, no hay causas ni hay
consecuencias. Hay pobres, como hay niños, como hay ancianos, como hay hombres
y hay mujeres. Hay pobres pero la existencia de los ricos se desdibuja, no hay
pocos que se quedan con lo mucho que es de todos, no hay repartija de la torta,
no hay hambre, no hay guerras, no hay muchos pobres porque hay pocos ricos. Tan
sólo esa cosa que está ahí, fijada desde lo inmemorial, una entidad con
carácter de eternidad, etérea, divina, mítica, el estadio superior de todo lo
vil y lo bajo en este mundo; señoras y señores, con ustedes, la Pobreza.
II
Los pobres son la sal de la tierra, me van a decir. No son
algo abstracto, una enajenación, están ahí, son el pueblo de Dios, los humildes
que sonríen en sus corazones porque ahora tenemos un papa bueno, uno de los
nuestros; incluso es una circunstancia que sea argentino, podría ser uruguayo e
hincha de Peñarol y estaríamos en la
misma. La posta es que viene del sur del mundo, a un mundo donde los que
decidieron siempre fueron los del norte; un tipo humilde y sencillo entre una
cohorte de seres viles y despreciables. No tengo argumentos para refutar. En
realidad, los tengo, pero tengo que entrar en el juego, en estas
circunstancias, me parece, no vale tirar piedras desde afuera, porque no sirve.
De repente, y como parte de ese torrente desbocado que nos
invade, todos hablan de Dios, ¿se fijaron? De repente, Dios no sólo es
argentino sino que además, como reza la voz popular, está en todas partes, en
la escuela, en el subte, en el trabajo, en la mesa, en boca de los mamarrachos
que presentan las noticias en los canales de cable. No puedo dejar de
sorprenderme con este reverdecer litúrgico, casi en paso de pedo místico. Te
das cuenta, me digo, no se puede evitar, hay que entrar en el juego, sino vamos
a perder.
III
Creo que nunca creí en Dios, aunque hubo una época en que
hice esfuerzos denodados por convencerme de que sí. No sirvió de nada, fue un
desvío para volver al mismo lugar. Me acuerdo que una vez, en el catecismo para
la comunión le pregunté al catecista –un pibe que no tendría más de 20 años-
cuál era el Dios verdadero. Yo tendría 7 u 8 años y me había enterado que
existían otras religiones que también adoraban a un solo dios, judíos,
musulmanes, protestantes, todos tenían sus reglas, pero tenía que haber una
posta, alguien que estuviera en lo correcto. Obviamente, el muchacho nos dio la
razón a nosotros, Dios era de los nuestros, los otros ya se iban a dar cuenta
alguna vez. Evidentemente, no me convenció la respuesta, porque aquella
pregunta volvió a aparecer tiempo después, y afloró una vez más, y otra. La
verdad, qué poco tino el tipo, porque me podría haber dicho que había un solo
dios, que los hombres lo adoraban de maneras diferentes, y que todas ellas eran
válidas. Allí se hubiera zanjado la cuestión, aunque sea temporalmente, y yo me
hubiera contentado formulando nuevas y variadas inquisiciones y preguntas.
Todo esto para decir que soy ateo, acérrimo y convencido,
pero con la certeza de que no puede cuestionarse la fe, algo que supongo debe
nacer de adentro, incontrastable, irrefutable, ese misterio al que aluden todos
los sacerdotes en la misa del domingo antes de anunciar la muerte y proclamar
la resurrección.
Discutir la fé sería como cuestionar que la lluvia a algunos
les da alegría y a otros los entristece. Que hay quienes prefieren un pedazo de
torta y otros un pedazo de queso, o algunos que prefieren las frazadas del
invierno y otros los sudores del verano. Que hay hinchas de Racing e hinchas de
Independiente igualmente apasionados. Que hay tipos a quienes nos gustan las
mujeres y otros a los que le gustan los hombres. Que hay mujeres de todos los
colores. Que hay personas que se conmueven con los animales incluso más que con
las personas. Que un mismo libro, una película o una canción, puede parecerles
maravillosa u olvidable a dos personas distintas. Que hay quienes andan con la
frente en alto y los pies en la tierra, y otros directamente miran hacia el
cielo y despegan unos centímetros del suelo. Sería pues, cómo cuestionar el
valor de la libertad, pero no esa cosa abstracta de la que nos hablan para
justificar que algunos hacen lo que quieren a cualquier costo y otros ni siquiera
pueden elegir. La libertad de sentir, de pensar, de ser y de caminar como uno
quiere.
Si la Fé,
como los sentires que nacen de adentro, no puede cuestionarse, sí se pueden reprochar
dogmas, cuestionarse ideas, puntos de vista, hechos, hombres, la historia.
Podría hablar de las miserias de los hombres pecadores que forjaron esta
Iglesia que se puso tan de moda en estos días, el poder, el dinero, la
monarquía, el discurso único, el absolutismo, los genocidios, la sangre, las
cruzadas, todo en nombre de Dios. Pero no alcanza, tengo que entrar en el
juego, echar mano a la esencia del cristianismo, es decir, de su máximo profeta
y estandarte.
IV
Imagínense que no sólo pongo en duda, porque no puedo hacer otra cosa, que haya
sido el hijo de Dios, engendrado en una madre virgen por obra y gracia del
Espíritu Santo. Algunas veces me he permitido incluso dudar de que este tipo
haya existido realmente, o al menos, que haya sido todo eso que nos cuentan que
fue. En este punto, como en la discusión sobre la fe, es a creer o reventar. Pero
importa más el relato, el mensaje, el mito que su encarnadura en la historia
verídica. Qué importa si Jesús existió realmente, si es el acontecimiento más
importante en la historia de la humanidad.
Siempre fue así, y a pesar de mi convencido ateísmo, no deja
de parecerme un tipo simpático, entrañable, alguien singular, una fuerza
irrefrenable que marcó el signo de los tiempos, un mensaje tan fuerte y
radical, que no pudo otra cosa que ser incomprendido y tergiversado. Cosas
maravillosas como el amor, la solidaridad, la entrega, la fraternidad, la
comunión, olvidadas en los anales de los tiempos por los señores y guardianes
de la doctrina de la fe, aquellos que se arrogan el derecho de regentear no
sólo todo lo que ese tipo dijo e hizo, sino todo lo que no dijo, pero que
seguramente pensaría hoy en día.
Pienso en las cosas que conocemos, que nos contaron, las que
aparecen en unos libros que eligieron entre tantos otros para transmitir el
mensaje a la posteridad. El tipo era el hijo de un carpintero, ya de chico
pintaba para más, cuando los chamullaba a los doctores de la ley en el templo,
el pequeño no se apichonaba con los grandes. Andaba rodeado de pescadores, putas
y mendigos, llamaba a poner la otra mejilla, a amar al prójimo como a uno
mismo, se peleaba con los mercaderes que habían mancillado su templo, y
amenazaba con derribarlo y volver a levantarlo en tan sólo tres días desde sus
cimientos. Compartía lo poco o mucho que tenía con sus compañeros, amaba a sus
amigos y advertía que lo bueno o malo que le hicieran al más pequeño de sus
hermanos se lo estarían haciendo a él, afirmaba que era más probable que un
camello –hay quienes afirman que hablaba en realidad de una soga gruesa para
atar los barcos- pase por el ojo de una aguja que un rico entre al reino de los
cielos, invitaba a mirarse las propias manos antes de arrojar la primera
piedra, a olvidarse de uno mismo para encontrarse en un abrazo fraterno con los
otros, los que lo rodeaban.
Llevaba un mensaje de justicia, paz e igualdad, también de
lucha, nunca de sumisión. Para alcanzar el reino de los cielos no hacía falta
más que mirar alrededor y empezar a hacer. ¡Qué efectivos fueron sus glosadores
al postergar el reino de justicia para el más allá, salvaguardando y
legitimando las injusticias del más acá!
Por su mensaje, a todas luces revolucionario, lo mataron los
poderosos, los guardianes de la ley, aquellos que no podían tolerar el desafío
arrojado a la cara, el cuestionamiento a un orden corrupto y degradado; un
plebeyo, el hijo de un carpintero que se hacía llamar hijo de Dios, y que ponía
en jaque todo el edificio construido durante milenios por unos tipos que eran
serviles con sus amos romanos, pero inflexibles con su pueblo, un pueblo que
había caminado 40 años por el desierto en busca de una promesa de redención. Y piensen
también, que no sólo fueron esos poderosos quienes signaron el destino final
del accidentado mesías; su mismo pueblo, ese que lo recibió con alegría
agitando ramos de olivo le dio la espalda, e incitado por sus líderes, lo
condenó a la cruz, eligiendo liberar a un asesino condenado en vez de a un tipo
que multiplicaba los panes y los peces, que curaba a los leprosos y le devolvía
la vista a los ciegos. Parece que los pueblos a veces se equivocan. Pero no es
este el nudo de la cuestión.
Lo que quiero decir, es que el mejor camino es juzgar a la Iglesia Católica a partir de
sus propios principios, esos valores transmitidos por el hijo de Dios, salvador
de la humanidad. Y ahí pierden por goleada. Pero veamos.