Hace algunos años, vino a la Facultad de Sociales Lilia
Ferreyra, quien fuera compañera y mujer de Rodolfo Walsh. Dio una charla en el auditorio de la vieja sede de la calle Ramos Mejía, en Parque Centenario.
No seríamos más de 100; todos la escuchamos en silencio, asombrados, contar no
sólo muchas de las cosas que ya sabíamos o habíamos leído –la Carta abierta, la
lucha informativa en la Clandestinidad, la inteligencia en Montoneros, la
decodificación de la invasión yanqui en Bahía de Cochinos- sino también
pequeños retazos de la humana y cotidiana vida de Rodolfo. En la voz de Lilia, el inmenso
y mítico Rodolfo Walsh, el ejemplo y el mártir, tomaba dimensión terrenal.
Recuerdo dos cosas que me quedaron grabadas, y que dieron vueltas mucho tiempo en mi cabeza.
Recuerdo dos cosas que me quedaron grabadas, y que dieron vueltas mucho tiempo en mi cabeza.
Una, su amor por los caballos. Contaba Lilia que Rodolfo
amaba a esos bichos, de una manera apasionada, casi irracional. Lo imaginé
montando contra el viento, allá en su lejano Choele Choel, cabalgando contra el
olvido.
La otra, la enorme timidez e inseguridad de Rodolfo, su
pánico a hablar en público. Lilia contó una anécdota que lo pintaba de cuerpo
entero. Walsh tenía que dar un discurso, no recuerdo exactamente en dónde, quizás
en la CGT de los argentinos. Estaba aterrado, paralizado. Evidentemente, lo
suyo no era el baño de masas, aunque su lucha y su legado conectan ahí, en el
sentir más profundo de un pueblo. Así que
se subió a una silla y mirándola a su compañera desde ahí arriba, comenzó a
ensayar su discurso, su arenga. Según contó Lilia aquella noche de marzo en la facultad,
Rodolfo se hizo también así, a los ponchazos, subido a las mesas y las sillas,
jugando a ser Lenin, o Fidel, o Perón, para darse coraje. Ese que no le faltó cuando redactó su carta de denuncia, como un trompazo al
corazón del monstruo genocida; ese que le sobró cuando lo emboscaron a plena
luz del día, hace 36 años, con su revólver en una mano y el maletín con las
copias de la Carta a la Junta en la otra, literalmente armado de valor hasta
los dientes.
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