viernes, 29 de noviembre de 2013

Salvar al universo

Esto no es un diploma. Es una invitación a la carcajada, al desparpajo, a escribir una nota al pie, a dejar fluir chorros de tinta solamente porque algo hay que decir y además tantas cosas para contar, una incitación al desahogo trasnochado, a llenar el éter de la página de cuaderno con palabras que retruquen -no ya el espacio vacío sino- la falacia de los gestos de cartón pintado, las poses de tarima, el maquillaje de ocasión. Esto no es un diploma ni un título; es un eufemismo, un mero avatar simbólico, una contingencia inesperada, un engaño deslizado a sabiendas y con cierta cautela, un rollito de cartulina blanca en blanco, atado muy a reglamento con una cintita celeste y blanca, los colores de la patria.


- ¿Confirmaste por mail? -me preguntó la mina de vestido violeta que estaba a cargo de la organización de la ceremonia de graduación y que acababa de decirme sin inmutarse que no habían llevado mi diploma.
No lo había hecho. Me había llevado el título por la ventanilla dos semanas atrás, firmando un papel en el que me comprometía a devolverlo, so pena de excomunión. Se los llevé de vuelta repleto de sellos y legalizaciones, que el ministerio de educación, que el ministerio del interior, que la uba, que la reducción y las copias vueltas a legalizar, todo para después itinerar toda una tarde por media docena de juntas de clasificación repartiendo fotocopias destinadas inexorablemente a dormir la siesta eterna en una carpeta de tres solapas, apilada en el medio de una centena de carpetas de tres solapas, rodeadas de ficheros y pilas de carpetas de tres solapas, en una oficina sórdida y zumbante, con tubos de luz blanca en el techo, monitores viejos de computadora apilados en los rincones, polvo amontonado en los zócalos y un póster de Eva en la pared; donde al aire acondicionado viejo no le alcanzan los estertores para contrarrestar el aire caliente del verano en el que no sopla ni un respiro, donde huele a café quemado y humedad y una señora resuelve el crucigrama del clarín, porque es enero y no hay nada que hacer hasta el mes que viene.

- No confirmé por mail. Pero cuando devolví el diploma el martes les dije bien claro que iba a venir hoy a recibirlo. Ni siquiera me calienta por mí,  si por mí ni venía, pero mis viejos…

- Bueno, pero vas a participar de la entrega de diplomas. Eso es lo importante. Te vamos a dar un diploma provisorio, siempre tenemos uno para estos casos–me dijo un muchacho de la organización que estaba con la señora que me había dado la mala noticia y que parecía apiadarse de mí más por mi cara de desazón que por la pretendida y enojosa irritación.
Me di vuelta, resignado y enfilé para la salida del auditorio de la facultad, en el que unos trescientos tipos y tipas bien vestidos y bien perfumados aguardaban correctamente sentados a que empezara el acto. Cuando estaba llegando a la puerta me alcanzó el pibe que me había tratado de tranquilizar.

- ¿Vas a recibir el diploma?

- Si, me voy a cambiar al baño.

Salí cruzando las mesitas y el bar, agarré por el pasillo que da a la salida de la calle Santiago del Estero y doblé para los baños que están al lado de la mesita del Partido Obrero. Por suerte a esta hora y un viernes no hay nadie en el baño. Entré, me mojé la cara y me saqué la remera transpirada por el pedaleo al rayo del sol.


Me había levantado a las 9, desayuné mate cocido y pan con queso al sol, escuchando la radio. Me pegué un baño rápido, saqué a los perros a dar la vuelta manzana y me fui con la bici para el lado de la estación de Villa del Parque. Recién había pasado el rápido para Retiro, así que aproveché y compré el diario, saqué el boleto y caminé empujando la bici hasta el fondo del andén. Me prendí un cigarrillo y abrí el diario para hojearlo cuando alguien me habló.

- Linda bici.

Levanté la vista y giré la cabeza. Un tipo de unos 50 años bien curtidos, con el pelo largo y entrecano repartido de una manera desigual y barba descolorida de semanas, estaba apoyado en el poste del farol. En el piso se desparramaban seis o siete bultos, entre bolsos deportivos a medio descoser y bolsas de consorcio negras llenas de cosas.

- Se. Está cascoteada pero se la aguanta. Lástima la pintura.

- Pero eso con una buena pintada, te queda como nueva.

Seguimos charlando. El tren que no venía. Le pregunté si estaba laburando. Me dijo que no. Que andaba con eso a cuestas. Que tenía una casa. No le pregunté nada. Cambiamos de tema. Abrí de nuevo el diario, como por instinto.
- Que bien ganó Lanús ayer, eh.

Busqué rápidamente en las últimas páginas. 2 a 1 a Libertad en Asunción por la semifinal de la Libertadores.

- Y de visitante encima –le respondí.

Seguimos por ahí. Los buenos jugadores del equipo del sur, que Boca había hecho tan mal en largar a Silva. Me habló de San Lorenzo, que jugaba bien y estaba para ser campeón. Le dije algo del Papa y al toque me sentí un pelotudo. De lejos la luz del tren pasando el cruce de Chivilcoy.

- Si viene muy lleno no me subo. Total no tengo apuro – me dijo y empezó a cargarse los bultos al hombro. Rechazó de buena manera mi intento de ayudarle y caminamos para el borde del andén, calculando la altura en que pararía el furgón. Cuando el coche se detuvo frente a nuestras narices, me dijo que esperaba al otro y nos dimos la mano. Apuré el paso y levanté la bici para que alguno la agarrara desde arriba. Me trepé al cajón de lata pintada y fui a apoyarme contra una de las paredes de chapa.


Los furgones son un mundo dentro de un mundo. Pasan más cosas allí que en todas las oficinas de la administración pública, casi que en cualquier otro lado y la gente se da la mano todos los días, como no paso en los ascensores de los edificios o arriba de los colectivos. Siempre hay música –la cumbia, el pity y los redondos puntean arriba en las preferencias-, hay humo de tabaco y de porro, partidos de truco de parado, otras bicicletas, cerveza en botellas de coca sin etiqueta, pasamanos, cajones con flores que vienen de Pilar, tuqueros hechos de papel metalizado de cigarrillos, tipos que venden medias, mujeres con tres o cuatro nenes a cuestas, espejos de pie, hay griterío, puteadas  siempre hay charla, con quien sea, hay miradas cómplices y miradas inquisidoras,  a veces hay hasta baile; una vez vi a un pibe con gorrita que sacó a bailar a una señora y a una piba que no era su hija, y bailó con las dos a la vez una cumbia de la nueva luna.

Me senté en el suelo y abrí de nuevo el diario. Siempre pasan cosas dignas de ser contadas en ese lugar. No quiero seguir abriendo ventanas que después no sé si voy a poder cerrar pero resulta  que hubo una pelea a gritos entre un hombre y una mujer en el vagón contiguo. Todos paramos la oreja y volteamos un poco para mirar. No se entendía nada. Primero pensé que era guaraní, pero después me di cuenta que no, que le faltaba el cantito. Me paré un poco para mirar. Era gitano. Un tipo increpaba a los gritos a una mujer y se le iba casi encima, mientras tres chiquitos se aferraban a las piernas de la madre que trataba de librarse como podía de la avanzada y respondía cosas ininteligibles. Un flaco del furgón se paró y enfiló para donde se llevaba a cabo la pelea, que era más una cantinela de uno que de dos. Un viejo quiso intermediar y lo mandaron a los empujones para el furgón. Ahí llegó la gendarmería y se llevaron al gitano para el otro lado del tren, diciéndole que era un cagón. Un escalofrío de contradicción me cruzó la espalda. La gorra, cagón, la contradicción. De vuelta en el furgón, el viejo, acodado en uno de los laterales intentaba justificar su intervención mientras un tipo de chomba blanca y anteojos colgando del escote le decía que no había que meterse, que eran cosas de ellos, que siempre pasaba y toda la perorata. Ahí saltó otro,  apoyando la posición del que abogaba por la no intervención y el viejo trató de musitar una protesta, pero lo cortaron de lleno. Me dieron ganas de mandarlos al carajo, de decirles que eran unos cagones ellos también y otras tantas cosas, pero ya estábamos entrando en la estación de Retiro.

Salí por Ramos Mejía y pedaleé al rayo del pleno sol del mediodía, rodeé la Plaza San Martín por el bajo, doblé en la calle del Luna Park, cruzando las bocacalles desenfrenadas del centro de Buenos Aires hasta que agarré una bicisenda que me llevó hasta la Facultad.


Resignado por la vicisitud del diploma provisorio, doblé por el pasillo y entré al baño que está al lado de la mesita. Me saqué la remera transpirada y me mojé la cara y la cabeza. Después me enjuagué las axilas y el pecho, por suerte a esa hora y un viernes hay poca gente en esos lugares que rejuntan en pequeñas y efímeras instantáneas a contentos y amargaos. Me puse una camisa blanca impecable, linda, que me trajo mi vieja de un viaje para que el pibe tenga una pilcha, así que para darle el gusto y además que nunca se sabe. Volví al auditorio mientras arrancaban los compases del himno, esperé paradito como un granadero de Patricios y con los aplausos busqué el número 96 que me habían asignado pero finalmente me senté adonde encontré lugar, primer asiento, tercera fila del lado derecho.

Ahí empezó el acto de colación. Mirá que hay que ponerle un nombre tan feo a una entrega de diplomas, encima con una palabra que nadie usa y cuyo significado pocos conocen. Las palabras iniciales las dio uno de los figurines que estaba sentado en la mesa larga encima del escenario. Que era un día especial, que el orgullo de los padres y amigos, que lo trascendente del momento. Cuando citó a Florencio Sánchez y “M´hijo del dotor” anticipé una perorata berreta sobre el ascenso social y empecé a bostezar. Al rato invitaron a hablar a la piba que tenía el mejor promedio de la camada. Se había arreglado el pelo y tenía un vestido sobrio y elegante, de esos con los que se va a los casamientos. Se paró en la tarima del micrófono y desdobló un papel para leer. Recorrió prolijamente todos y cada uno de los lugares comunes en los que uno se puede detener en este tipo de circunstancias. De alguna manera esperaba escucharme representado en esas palabras, alguna referencia ineludible, algún recodo intempestivo, algún gesto de insurrección, pero nada. Otro discurso parecido a tantos, digno de ser archivado en los anaqueles del olvido. Después habló la secretaria académica de la facultad, y cuando empezó a mentar los logros de esta alta casa de estudios y a remarcar que había que defender por eso los procesos democráticos en la universidad, resoplé, abrí la mochila y saqué mi cuadernito.


Me puse a escribir mis votos, aquellas cosas por las que tenía ganas de jurar. Pensé en que la Patria es una entelequia, una cajita vacía llena de cosas y que no quería jurar por la misma patria de tantos hijos de puta, la de Mitre, la de la civilización sarmientina, la del coronel Rauch, la de  Roca en el billete de cien, la del comisario Ramón Falcón, la de Aramburu, Rojas, Onganía, Videla. La patria es otra cosa, me van a decir. Hasta ahí vamos. Pero a veces hay que aclarar de qué lado de la mecha uno se encuentra. Si algo aprendí en la facultad -y aunque no pueda citar dos líneas enteras de ninguna de los tipos que leí durante diez años- es que las palabras no son inocentes, sino un campo de batalla en el que tantos se juegan la vida y en el que siempre pierden los mismos. Pensé en que me gustaría jurar por los que vivían acá antes de la avanzada del genocidio, por los obreros venidos en los barcos, los asesinados en la Patagonia o en los quebrachales de La Forestal, los que patearon hasta la plaza con los pies en carne viva un 17 de octubre, por los fusilados, los torturados, por todos los compañeros que nos arrancaron, por los más cercanos, los de Mosconi y Cutral Có, los del 19 y 20, Maxi, Darío, Carlos, Julio, Mariano, por todos los pibes baleados por la espalda en cualquier barrio, en cualquier esquina. Por Luciano, símbolo entre tantos.

...

No me acordaba qué opción había marcado para la jura, cuando había presentado todos los papeles para el trámite del título. Habían pasado casi 3 años. Cuando llamaron a los que iban a jurar por Dios y la Patria rogué que no me hubieran traspapelado. Cuando anunciaron que la tanda siguiente juraría por Dios y los Santos Evangelios, ni me inmuté. Vi pasar a los que se acodaron paraditos a un costado del escenario. A riesgo de pecar de intolertante, todavía no puedo creer cómo alguien puede elegir jurar  por eso, habiendo tantas cosas más urgentes y más necesarias. Por suerte eran pocos, aunque no tanto.

Luego llamaron a los del Bienestar de la Humanidad. Ahí me entusiasmé un poco. No está tan mal después de todo, me dije. Ni me nombraron. Ahí lo miré al flaco de la organización, el que me había palmeado con aquello del diploma provisorio, que estaba parado contra una pared a un par de asientos de distancia y le pregunté con señas si estaba anotado. Me dijo que sí con la cabeza. Le pregunté entonces si había otra vuelta, moviendo la boca y haciendo señas con las manos. Nuevamente me contestó afirmativamente y volví a acomodarme en el asiento. Las chicas que pasaron a jurar por la humanidad me parecieron las más lindas de todas. Las de dios y los santos evangelios se me antojaban feas y poco agraciadas. Estas en cambio -sugestión o vaya a saber uno qué, es cuestión de creer o reventar-  no sólo que eran las más lindas, sino que sus vestidos lucían los colores más alegres y por alguna insidiosa razón, sonreían más que las demás.

Después vino el turno de los que juraban por la Constitución. Ahí se me acercó el flaco de la organización.

- En la próxima venís vos, estás anteúltimo.

Finalmente, me tocó la tanda de la Constitución y los derechos democráticos del pueblo. Bueno, al menos no juro por Dios y los evangelios, pensé mientras nos acomodábamos en dos filas al costado del escenario. Igual podría haber jurado por el bienestar de la humanidad, que al menos tiene cierta reminiscencia libertaria, me dije, pensando también en aquello de perder el pelo pero no las mañanas,  mientras nos invitaban a jurar a voz en cuello, so pena de que la Constitución y la sociedad nos lo demanden.  Proferí un sí juro tibio y desprovisto de emoción y aguardé a que me llamaran, paradito a un costado con las piernas cruzadas.

-SubearetirarsudiplomadeProfesordeenseñanzamediaysuperiorencomunicaciónsocialel licenciado... - dijo una voz por el altoparlante.

Subí los escalones de madera sonriendo. Hasta en lo de licenciado le pifiaron. Las vueltas insondables, pensé mientras dejaba a atrás a la última piba de la camada que esperaba su turno, cuya cara me resultaba muy conocida, pero de la que no me acordaba su nombre ni en qué circunstancia nos habíamos cruzado. Fui a darle un apretón de mano a cada uno de los figurines que estaban sentados en la mesa. El profesor pelado de anteojos que había citado a Florencio Sánchez se adelantó y me extendió el rollito de cartulina blanca, atado muy a reglamento con una cintita celeste y blanca, los colores de la patria. Crucé el escenario de lado a lado y me detuve unos segundos en el borde buscando a mis viejos en la marea de asientos. Mirando imprecisamente hacia el lugar donde recordaba que se habían sentado, levanté el rollito de cartulina blanca y lo agité en el aire. Pensé que estarían tan contentos, al igual que mis hermanos, tanto el que había venido, como el que no había podido zafar del trabajo, porque le había avisado con tan sólo un día de antelación. Y que mis amigos también estarían muy felices, si los hubiese invitado.


Después vinieron las fotos en el hall. Mi vieja me abrazaba rebosante de felicidad.

- Abrí el diploma –me dijo. Sonreí.

- Es de mentira, una falacia, –le contesté mientras sacaba la cinta y desplegaba el rollito de cartulina en blanco. Mis viejos y mi hermano pasaron de la cara de asombro a la risa. Tuve que explicarles sin lujos ni detalles las vicisitudes de la burocracia del retiro y la entrega de títulos, las contrariedades de no confirmar asistencia a eventos tan importantes por mail, siempre tratando de pasar por alto alguna responsabilidad propia, por acción u omisión.

Nos tomamos fotos con la cartulina enrollada. Mi viejo disparaba a mansalva. Toda la vida anduvo con una Canon Réflex que se había comprado en los ´70, un tiempo después de casarse, con la que sacaba unas fotos increíbles en las vacaciones y que nos prestaba a regañadientes, luego de nuestra insistencia inflexible y desmesurada, con miedo a que se nos cayera de las manos y se la rompiésemos. Ahora se trajo de afuera una réflex digital de la misma marca que también lleva a todos lados, así que entre eso, el kirchnerismo  y el bigote que luce igual al día en que se casó con mi vieja en agosto del ´73, anda con un reverdecer setentista que ni te cuento.

Salimos los cuatro de la Facultad, aun pegaba fuerte el sol del mediodía y caminamos el tramo hasta el barcito de la otra cuadra discurriendo entre los avatares del rollito de cartulina y los pormenores y contraindicaciones de los profesores que fuman marihuana. Mi vieja insistía en que a la larga había efectos colaterales indeseados y yo le esquivaba el bulto, argumentando sin convencerme del todo que mejor un buen tipo lúcido fumado que un forro de saldo que nunca se había prendido un porro. Comimos algo en unas mesitas en la vereda y brindamos con cerveza por los méritos y honores –discutibles al fin y al cabo- del agasajado y por las vicisitudes de la vida, que muchas veces no son ni más ni menos que tener que ir tres veces en el mismo mes a la ventanilla del departamento de títulos, una vez para retirarlo, otra vez para devolverlo, y la tercera, cual murgón, la retirada definitiva.


Nos despedimos con abrazos, besos y tequieros en la calle y desandé el camino de regreso a la facultad para buscar la bicicleta que había dejado atada. Me saqué la camisa blanca impecable, la guardé desprolijamente, me calcé los auriculares, los lentes por el sol y para la gente que me da asco y pedaleé cantando a Luca, con el viento de frente revolviéndome los pocos pelos, Belgrano, la subida de Huergo, Madero, hasta la estación del Ferrocarril San Martín. Pasé por entre los picaboletos empujando la bici y mostrando medio doblado el boleto de la ida y trepé por el andén 4 hasta el furgón más cercano. A esas horas de la mediatarde los furgones andan semivacíos y aunque son menos coloridos también uno se puede echar más a gusto. Me senté en el piso y al toque subió un pibe morochito, con algunos granitos en las mejillas, con una chomba rosa y unas bermudas verdes, un pibe de esos con los que sueñan aterradas las señoras de los barrios bien y  por los que cruzan de vereda los que andan desconfiados por la vida con un ojo atrás y otro adelante.

Me saludó y me preguntó si tenía un tuquero. Pensé por un segundo y lo miré con cara de por ahí tenés suerte mientras metía la mano en la mochila y sacaba la pipita de madera que compré en la feria al pie del Uritorco, una exactamente igual a aquella de un puestito de Plaza Serrano que terminó, por obra y gracia de vaya a saber uno qué reparto fortuito, en el bolsillo de un policía de la caminera de Córdoba que nos hizo revolver el auto de pe a pa, luego de salir de la estación de GNC acomodada al borde de la ruta en las afueras de Alta Gracia sin haber encendido las luces bajas.

Le pasé la pipa y le calzó en el agujerito una tuca gordita que encendió con ansia y esmero. El heladero que se trepó al furgón lo previno de que andaba cerca la gorra, que mejor esperase a que arrancara el tren. El pibe apagó el culito de porro en el suelo de chapa y no más echada a andar la bestia de metal le dio mecha nuevamente y me la pasó. Fumamos en silencio y cuando me devolvió la pipa vacía me empezó a contar que venía de la villa, que no había nada de porro, que apenas si había podido conseguir veinte pesos de un paraguayo medio pelo, mientras me mostraba una bolsita de nailon con un picadito de color verdeamarronado.

- Encima picado –le dije.

- Seee, encima picado. Está re difícil conseguir, si vos me decis que sale una movida ahora para pegar 100 pesos me bajo donde me digas. Igual pegué unas pastillas para el baile de mañana.

- ¿Qué son?

- Pastillas

- Si, ya sé, pero de cuáles.

- Clona, y esta…, cómo es…, rivotril.

- A mí no me caben mucho, me dejan muy boludo –le retruqué intentando abrir una ventana cuyos postigos de hierro andaban demasiado hinchados por el calor.

- A mi no, me dejan bastante piola y rescatado.

Se me cruzó como una nube el sermón, pero pasó de largo. Siguió charlándome un poco más sobre drogas, hasta que me volví a sentar y saqué de la mochila un libro de Soriano. Lo abrí en cualquier página, buscando alguna referencia a los caminos y las rutas. El pibe se me sentó al lado y se quedó mirando la tapa celeste con un auto viejo impreso en negro de una colección de bolsillo que supe comprar en una mesa de saldos por 20 pesos.

- La hora sin sombra – leyó y se quedó un rato mirando la tapa.

- ¿Lo conocés?

Negó con la cabeza y entonces le conté algunas cosas sobre ese gordo tan entrañable, hincha de San Lorenzo, que se nos había muerto tan temprano, cuando tantos hijos de puta se mueren de decrepitud, con la conciencia incólume y la impunidad recorriéndole las venas. Cuando llegábamos a La Paternal se levantó y me extendió la mano.

- Nos estamos viendo por acá.

- ¿Cómo te llamás loco?

- Marcelo

- Gonzalo, un gusto.

Se dio la vuelta y con un salto aterrizó en el andén y se perdió por entre los pocos que andaban por ahí a esa hora. Me quedé pensando de a ratos, hojeando el libro a intervalos, buscando alguna cosa, algo que sabía que estaba allí pero que no terminaba de encontrar. Cuando llegué a Villa del Parque un tipo me sostuvo la bici mientras me bajaba, y pedaleé otra vez bajo el sol, pensando en que tal vez le tendría que haber regalado el libro, por más que quizás no lo fuera a leer jamás, aunque nunca se sabe, pero lo necesitaba esa tarde para la radio y todavía no terminaba de encontrar los párrafos que andaba buscando.


Al día siguiente vino al programa que hacemos los sábados a la mañana en la radio Carlos del Frade, periodista rosarino, un tipazo de esos que te dan ganas de abrazar apenas te saludan, y mucho más cuando los escuchás hablar, diciendo cosas que todo el mundo sabe pero con una claridad y una sencillez que no abundan en estos tiempos y por estos lares. Conversamos un buen rato al aire, entre mates y criollitos de grasa, sobre el narcotráfico, las drogas, la juventud y otras yerbas.

Nos contó que la primera ruta de cocaína que viene de Bolivia a la Argentina la trajo Leopoldo Fortunato Galtieri, cuando el tipo que después nos llevó a las Malvinas era comandante del Segundo Cuerpo del Ejército, con asiento en Rosario y jurisdicción sobre las provincias de Santa Fé, Misiones, Formosa, Chaco, Corrientes y Entre Ríos. Relató que el forro este le dio asilo a dos coroneles bolivianos, Arce y Gomez García Mesa, que en julio del ´80, con el apoyo de Galtieri, dan lo que se conoce, en la historia de Bolivia y en América, como el ‘narcogolpe´. ¿Con qué pagaron los muchachos la colaboración de Galtieri? Con la habilitación de la primera ruta de importación de cocaína hacia la Argentina. Hecho que fungirá como el origen histórico grande de lo que va a ser el camino de democratización del consumo de cocaína en Argentina.

-  El narcotráfico es la etapa superior del imperialismo –arrojó sobre la mesa parafraseando a Lenin, y siguió.

- Efectivamente, el narcotráfico es el circuito, el flujo, el caño de dinero fresco que tiene el sistema capitalista para generar negocios económicos y políticos. ¿Cuál es el gran negocio político? Hacer de nuestros pibes consumidores consumidos, soldaditos inmolados en el altar del dios cada vez más perverso que es el dinero, para que nuestros pibes no vuelvan a enamorarse de la palabra revolución, como en los años ´70.

Luego seguimos conversando, ya entregados a su discurrir ameno y punzante, mirándolo con los ojos abiertos de la sorpresa y la admiración. Nos llevó por la ruta de la coca en el norte, el plan Colombia y Ronald Reagan, el señor de los cielos, capo del cartel de Juárez que se resguardó en la Argentina como la viuda de Pablo Escobar, de las complicidades políticas, de la cana, que es en todas las provincias el principal cartel de distribución, de esa hipocresía tan fundante de la Argentina contemporánea que le permite a tantos caretas rasgarse las vestiduras por el descubrimiento tardío que hacen del narcotráfico los medios, la Corte Suprema, la sacrosanta Iglesia Católica, que ahora repara en los sacerdotes que en los barrios hace 20 años que están enfrentando al narcotráfico.

Cuando el panorama ya pintaba desolador - sospecho que nuestras caras no podían disimular el abatimiento- nos lanzó una soga al fondo del pozo ciego y tiró con fuerza para dejarnos de nuevo a expensas de un cielo más diáfano.

-Siempre hay tiempo, porque el combate es contra el capitalismo. ¿Cómo se combate a esto? En lo cercano, en las escuelas, en los comedores comunitarios, dándole sentido a la vida de un pibe, porque este es el drama, nos están matando a los pibes, porque el que vive con sentido le va a dar un sentido a la vida, ahora el que vive sin sentido mata o es muerto sin sentido. Así que el combate al gigante es desde los pies, cuerpo a cuerpo, uno por uno, porque salvás a un pibe y salvás al universo. Por ahí pasa la esperanza.


Me quedé pensando mucho en todo eso, sobretodo en la última frase, en lo certero y lo rotundo de esas palabras puestas juntas casi como al pasar, sin un ápice de ingenuidad, con la convicción del que no duda ni un segundo de qué lado y en qué trinchera hay que resistir.
Pensé sobretodo en los pibes de la Escuela de Reingreso de la noche, muchos de los cuales no son tan distintos del flaquito del furgón, el de las pastillas, al que no le regalé el libro de Soriano. Son parecidos, con la diferencia de que por el azar, la causalidad o una mano puesta sobre el hombro a tiempo, terminaron en lugares diferentes, tan lejos y tan cerca a la vez.

Pensé en los pibes del Barrio Mitre, que muchas veces no entran a la clase para quedarse jugando a la pelota en el patio. En Pitu, que todos los días viene con una remera de Platense distinta y siempre con Bautista en los brazos. En Yesi, que cada vez que hablaba de Perón en algún trabajo le dibujaba al lado un corazón, que quiere ser abogada y ganar plata pero defender a los buenos y que cada tanto nos deja a Moira para que se la cuidemos un rato en la sala de profesores. En Alexis, que el año pasado abrió la puerta de un aula que no era la suya, caminó en silencio por el pasillo hasta el escritorio sobre el que yo estaba sentado y me pidió al oído si tenía una seda. En Sebastián, que hace dos años decía que había que poner bombas en las villas porque si un árbol está podrido hay que arrancarlo de raíz y que el otro día, los caminos de la vida, me dijo que él tenía más que ver con la gente que vivía en la villa que con los ricos de Recoleta. En Soledad,  que con tan sólo 20 vivió dos vidas más que yo, que se para arriba de la silla moviendo sus brazos flaquitos para decirle a Alan que es un facho por votar a Macri o que les grita a sus compañeros que son unos machistas insoportables por decir que una mina que va a un boliche con pollera corta y mucho escote es una trola, mientras ceba un mate y se lo pasa a su compañera de banco. En Guillermo, que ante mi pregunta de si conocía quién era el Che Guevara, entrecerró los ojos como buscando en el archivo, me miró con cara de porfía y arriesgó que si no era un cantante de rock. En Ayelén, que este se año se trajo a David, un nene de 8 meses de Tucumán porque una señora amiga de su comadre tenía tantos hijos que no lo podía cuidar, y que cada vez que me ve me grita ‘hola enanito´ y me roba siempre una sonrisa. En José Luis, Muque para todos, que salió a chorear y se aspiró todo lo que encontró, que vio caer a sus compañeros frente a sus ojos y terminó visitando medio docena de institutos para jóvenes delincuentes durante cuatro años de su adolescencia;  que una tarde se sentó a escribir su historia, a pedido del Gordo Victorero y mío, y se mandó cuatro hojas escritas de los dos lados, sin puntos ni comas ni acentos, y terminó ganándose el cielo del año aprobado en la libreta. En Roberto, que hace unos años se enamoró tanto de María que se obsesionó, y la siguió durante año y medio con disciplina militar, todos los días las diez cuadras hasta Cabildo, hasta la casa de ella, buscando el momento imposible para hablarle, guardándose todo lo que no le podía decir y ella, con toda razón, no quería escuchar. Roberto, el bicho raro al que todos miran con aires de reprobación y que la semana pasada, cuando despedía a los pibes de segundo año, se me acercó, me abrazó y me dijo un te quiero mucho tan intentendible como sorpresivo, tanto que tuve que preguntarle qué había dicho.

- Que lo quiero mucho

- ¿En serio? –fue lo único que alcancé a decir.

Sí –dijo dándose vuelta y enfilando para la puerta del aula ya vacía, mientras yo me quedaba con la boca abierta, entrecerrando los ojos y sacudiendo la cabeza como para despabilarme.


También me estuve acordando de los pibes de la Rumania del barrio Villa Real, ahí cerquita del límite de la Gral Paz con Ciudadela, que en su mayoría se venían del Barrio Ejército de los Andes. Cuando les preguntabas en dónde vivían, nunca decían Fuerte Apache. Me regalaron una primera semana de clase digna de la antología. Me acordé del Colo, que al tercer día me tiró.

- Linda computadora profe. Se la vamos a robar.

- Salgo a las tres y media. Los espero 10 minutos y sino arranco.

Un  mes después, abatido, vino a contarme que lo habían echado. Resulta, no me lo dijo pero después me enteré, que se había prepoteado con uno y parece que había sacado un cuchillo. Me abrazó. Yo no lo podía creer. Hacía 3 días que me había asombrado verlo sentado durante hora y media escribiendo un trabajo  sobre un cuento de Poe. En ese momento pensé, y nada me convenció aun de lo contrario, que ese destierro era el símbolo inequívoco de que los fracasos sostenidos son responsabilidad de los adultos y no de los jóvenes, y que no hay otra que dar vuelta todo y armar el mundo de nuevo desde la raíz.


Estos días fueron pródigos en historias, encuentros, anécdotas. Ocurre a menudo, que a veces no pasa nada y otras veces pasa todo junto, como un vendaval de lluvia y barro. Ayer pasó por casa el Chango Orellana, que se vino unos días desde Santiago, y entre chacareras me leyó un rato y se acordó del zumbido en el oído del protagonista de La hora sin sombra, ese que sólo amainaba su furia de moscardón cuando el tipo se tiraba unos tiros para despejar la cabeza. Escribir, contar, vomitar sobre el teclado es un poco eso, tratar de conjurar el rumor de voces, espantar al moscardón que revolotea alrededor de la oreja, mandar a dormir un rato al pájaro carpintero que te picotea el mate.

Sigo pensando en los pibes. Y en las pibas. En que ellos son la llave que abre y que cierra los entuertos. Como siempre, a mí lo de cerrar es lo que se me dificulta. Pienso en que tal vez no haya causas ni azares, aunque muchas veces unas te anden cercando y los otros te anden enredando. Como salir a la calle de mediodía el día de tu cumpleaños número veintinueve para ir a comprar el pan y encontrarte, de mañoso por andar mirando de reojo los carros de basura, una pila de discos de vinilo, pasarlos uno a uno con asombro de no creer, Spinetta, Los Beatles, Invisible, Pugliese, Soda, Gilberto Gil, Michael Jackson…

Pienso en todos y cada uno de los pibes con los que nos cruzó la causa y el azar en estos años. En los chiquilines de segundo de la Cortázar que me maravillan con la ocurrencia y la frescura que tantos quieren apagar, o en los de segundo de la María Claudia Falcone, que se demarcan mutuamente como los jipis y los chetos, en que no tienen tanto de parecido con los otros, que no gritan urgentes que los salven pero que también molestan a los guardianes del orden establecido, no agachan la cabeza, discuten la desigualdad, te hablan de vos desde el primer día, se ríen con impunidad, votan a mano alzada. Si nuestro amo -que siempre juega al esclavo, ese es el yeite macabro- pudiera, también los bajaría sin miramientos de un tiro en la espalda, pero por ahora se conforma con ponerle fichas a que el dios mercado, el consumo, la tele y las frustraciones hagan su tarea fina.

Pienso en los demás también, en los momentos tan personales que ni me atrevo a reproducir, en las risas intempestivas que me despiertan a cada rato. En las charla de hoy a  la tarde sobre comida peruana y boliviana con el grupito de pibitas de segundo que casi siempre andas calladas y bajan la mirada muy a menudo, marcadas a fuego por algún estigma perverso y tan efectivo que nos hace sentir un muro de distancia con el hermano que se sienta al otro lado del pasillo. En aquello de que nunca se puede bajar la guardia, porque todo lo que pasa a tu alrededor te reclama, en que hay cien historias por cada módulo de hora y veinte, en que todos los días es como volver a empezar pero desde donde dejaste ayer.

Recorro como en una tira de diapositivas todas las estaciones de tren de esta historia que aun no sé bien de qué la va, pero que pedía a gritos salir por la boca.  Ahí están el furgón, el rollito de cartulina blanca, la feria de las vanidades, dios y los santos evangelios, las pibas del bienestar de la humanidad, la pipa de madera de una feria en Córdoba, la puesta en escena de los juramentos de cartón piedra, un pibe de la escuela de la noche mangueando un cigarrillo, Abbey Road sin escalas del tacho de basura a la bandeja tocadiscos que me trajo Dieguito la semana pasada.

Pienso en Carlitos del Frade, que vino a la radio el sábado y que nos regaló una bocanada de aire fresco y un título para esto que parece terminarse, pero que es sólo un comienzo entre tantos. En este mundo de hoy, que te esnifa la cabeza una y otra vez, diría Carlitos, la lucha con el gigante es desde abajo, martillándole los pies hasta hacerlo caer derribado; la marca es hombre a hombre, como en los partidos de fútbol que se ponen fuleros.

Salvás a uno y salvás el universo, grita Carlitos, y nosotros nos terminamos de convencer de que cuando ganemos la batalla, mañana o el día después, vamos a quemar nuestras naves fabricadas con pedazos de otros naufragios, para que nunca nadie jamás regrese a esta orilla de la desolación. Y cantaremos bien fuerte, a voz en cuello y con el puño levantado, que el día o la noche en que por fin lleguemos, no habrá más penas ni olvido.

Noviembre de 2013


A Mirta y Félix, por dejar la puerta sin llave de noche, para poder salir a jugar.

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