“La simplicidad es la distancia más
corta entre dos puntos”
El Chango Orellana a la
siesta (de alguna bolsa oriental habrá salido).
Las plantitas de la casita de melincué, la del limonero en el patio y el sauce
isleño en la vereda, rebrotan como nacidas de un brazo viejo, reverdecen en
otro patio de otra ciudad, bajo otro cielo que es el mismo, con otros aires y
otros vientos, debajo del mismo sol. Hay otro limonero que apenas comienza
despacioso a florecer, hay un cactus trasplantado del cerro, una bicicleta
colgada de un gancho del techito de chapa, pedazos de troncos añejos, un sillón
desanudado por tanta lluvia a la intemperie. El Chingolo, que recién dormitaba
soñando vaya a saber con qué amnióticos paraísos perrunos arrastra su patita
trasera y se balancea en su vaivén de cachorro para ir a tirarse encima del gato
y trenzarse en un abrazo de mordidas indolentes, casi fraternales. Allá cerca
se escuchan los ecos del traquetear del tren que ya no pasa hace décadas y unas
nubes cruzan diáfanas por el pedacito de cielo que se recorta entre las líneas
irregulares de las paredes descascaradas.
Las hojas de las plantas cuyas primas hojas habitaron otros
patios se retuercen buscando la luz que se resbala por entre los ladrillos de
los muros y el agua recién salida de la regadera se eleva transpirada por una
hoja, flotando como un cristal invisible que refracta siete colores y sube
hacia lo alto, hacia los cables de los postes de luz, y más allá, adonde todo
se junta para volver a desplomarse sobre los suelos.
Así la vida,
insondable, se abre paso como el agua del arroyo por entre las piedras, a veces
con la decisión y el impulso desbocado del río, que corre hacia abajo y adelante,
aunque para el agua quizás no exista ni arriba ni atrás y otras veces con el
cantar circular de las estaciones y los amaneceres, un espiral concéntrico y a la vez centrífugo con el que
la vida se despunta la modorra de las siestas y las trasnochadas.
Así brota y fluye, gira sobre sí misma, con el aleteo causal
y azaroso de la tragedia y la esperanza, corre anhelante sobre un cauce que
unas veces llega al mar y otras veces se evapora bajo el sol ardiente de los
mediodías. Se va remontando el aire hacia las cimas del cielo allá arriba, a
perderse y enredarse con otras gotas de un agua transpirada por los sudores de
las piedras de la seca serrana, luego se entrelazan nubosas en un tejido
algodonoso de inimaginables formas, y viajan mundo abajo, o mundo arriba, se
desperezan y se vuelven a enlazar, en un campo celeste regado de jirones
lechosos desperdigados como la cimiente del hombre por la tierra.
Así viajan y se diseminan, hasta que los vientos sinuosos
las vuelven a juntar, las entrecruzan y las abrazan, las cargan de la eléctrica
voluminosidad de la tormenta, se encienden de lumbres grises, oscuras, rojizas,
violáceas, se hinchan, gordas y rebosantes como una garrapata que ha chupado
todo lo que ha podido y se deciden a desplomarse con la furia irredenta del
aguacero sobre los techos de barro o de zinc de cualquier paraje, de cualquier
barrio en cualquier ciudad, quizás debajo de los cielos del barrio de Floresta,
caen furiosas regando el patio del limonero, rozan frescas los tomates y las
hojas de la menta, se meten en la tierra de las macetas, una a una penetran la
tierra como sorbidas por una sed de siglos de andar por el desierto y se quedan
a dormir allí, entibiadas por la tarde pegajosa de finales de enero, entre pedacitos de madera y raíces nudosas, surcadas por el bucear
ciego de una lombriz colorada. Y sueñan con otras gotas, con el cielo serrano, con volver a
chapotear bajando la cuesta del mundo, corriendo desbocadas río abajo hacia el
mar o flotando otra vez para deshacerse allá en lo arriba, donde todo se junta,
debajo de los cielos de esta tierra de tanta agua y tanta sed.
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