Porque resulta que volví a casa, cargada como siempre, la
mochila en la espalda, la bolsa de la compra en una mano, el paraguas porque
llovía y cómo, paraguas aferrado debajo del brazo haciendo equilibrio, con el
codo haciendo fuerza para que no se cayera y la llave en la otra mano, que
encima todavía no me acostumbro a tu puerta, nuestra puerta ya, y estoy un buen
rato tratando de atinarle a ver cuál es la llave que abre y por consiguiente
cuáles son las que no abren y quedaron ahí, de otras puertas y otras casas,
porque vos sos así, de juntar inexplicablemente porquerías de ese estilo y de
otros, entonces llego empapada, un poco por la calle y el día, por esta lluvia
torrencial que se largó furiosa sobre esta ciudad y yo pensaba que seguramente
se estaría inundando la casa, entrando el agua por debajo de las puertas,
goteando por las juntas del cerramiento del living que fuera patio, resbalando
ansiosas por las paredes de policarbonato y vos encerrado sin saber demasiado
qué hacer ni adonde ir, porque llueve, y poco y nada se puede hacer cuando
llueve y no se tiene demasiado para hacer, y además empapada un poco de más, por
los segundos torrenciales que me demoré en la puerta de calle, haciendo
malabares con la mochila, la bolsa del mercado, el paraguas, la llave, hasta
que la emboqué y entré a la casa, y todavía me mojé un poco más en el trayecto
del pasillo que por techo sólo tiene unas varillas de metal cuya utilidad nunca
supiste indicarme y yo por vagancia intelectual tampoco pensé en decretar, así
que segunda puerta, ésta la tengo un poco más fácil por descarte, y abro para
adentro, y ni vos ni los perros vienen a saludarme, porque se ve que les pintó
la siesta, la lluvia como un canto de sirena para el sueño vespertino y además
la cantinela del reposo que te tiene arrobado en estas cuatro paredes que se multiplican
en ocho, en doce, en dieciséis, por las habitaciones de la casa, tu casa,
nuestra casa, qué raro decirle así.
Y ahí estás, vos y los perros, los cuatro pero sobretodo
vos, manada amontonada uno encima de otro, bola de pelos en forma de
rompecabezas antojadizo, cabeza sobre pecho, pata sobre cabeza, muslo entreverado,
jauría somnolienta y plácida con ruido de lluvia de fondo mientras yo entro a
la casa cargada y empapada, cúmulo de pelos, patas, hocicos, orejas, ojos y
colas, desaprovechando la extensión toda
del sillón porque los cuatro se amontonan en dos tercios, no dejando
prácticamente hueco de manta sin cubrir y reposan sin inmutarse, pero vos
sobretodo, entre medio de todos, dormido con la cabeza apoyada en el lomo del
viejo, que seguramente debió haber gruñido cuando te apoyaste en él, porque así
es de cabrón y gruñido después de nuevo cuando te acomodaste con la cabeza así,
un poco sobre sus cuartos traseros y otro poco descansando en el respaldo del
sillón, así echado de perfil, no digamos
en estado fetal pero casi, las piernas flexionadas como en unas eles imperfectas, con las rodillas
apuntando un poco hacia arriba y hacia adelante, inmóvil porque debajo del
brazo que no tenés aprisionado entre tu cuerpo y el sillón, ahí en el hueco de tu brazo
derecho, atravesado de lado a lado está el chiquitín, que duerme plácidamente y
seguramente contento porque durante semanas se amontonó con sus hermanitos
recién nacidos pero ahora se quedó solito y entonces duerme solo porque todavía
no puede subirse al sillón en donde por las noches y las tardes duermen sus
congéneres más añosos, pero ahora qué suerte que le tocó, la posibilidad de
dormir otra vez entreverado con la manada, así compartiendo el calor y el pelo,
porque además de estar dormido debajo de tu brazo y por sobre tu costado, un
poco más allá está mamá Pelusa, que como siempre encontró mágicamente la forma
de doblarse para caber en un pequeño hueco libre de sillón, el que quedaba en
la punta, y ahí está hecha un ovillo, apoyada la cabeza en la cola, en
imperfecta redondez de pelos marrones, beiges y negros, con las orejas
triangulares y puntiagudas en reposo, y en contacto con tu cuerpo, viste que a
ella le gusta echarse encima de uno, descargar el propio peso en el costado del
otro como diciendo acá estoy, sentime, tengo peso y ansias, y finalizando con
el recorte perruno, tu cabeza recostada sobre el lomo del viejo y el viejo
estirado un poco en diagonal, con la cara al borde del abismo pero dejando
libre, lo dicho, casi un tercio de sillón por esa cosa animal de andar economizando
energía, espacio y calores, salvo en épocas veraniegas de mucha mucha
temperatura en las que cada uno busca un lugarcito fresco y solitario para
respirar por narinas y pelos y pasar el rato hasta que refresque por la noche, pero
ahí vos, tan en tu siesta perruna, tan loco de los perros como me gusta decirte
cuando paseas a los gritos por la calle y si antes con dos era una locura, te
imaginarás que con tres, pero bueno qué te voy a venir yo con eso a vos ahora,
a vos que estás en el cuarto sueño de los perros.
Porque aun ni te inmutaste de mi llegada, y yo impávida y
azorada de tus capacidades camaleónicas, tan vuelto perro por momentos, tan
manso y fiel y ansioso de amor, tan de hacerme fiesta cuando llego y saltarme
alrededor contándome las cosas de tu día, las cosas que rompiste y si pudiste
seguir la novela esta tarde o te distrajiste mirando las hormigas que recorrían
la medianera del patio llevando los pedacitos de las flores que se fueron
cayendo del limonero, y tan de moverme la cola si llego con un pedazo de carne
para hacer al horno con papas o una película nueva que conseguí en el puesto de
copias truchas de la estación de tren, y a veces tan guardián e intempestivo,
tan cabrón como el viejo que está ahí echado todo el día, sin hacer nada y cada
tanto se manda tres o cuatro chumbidos para demostrar que ahí está, que sigue
siendo el macho dominante aunque ya nadie le cree, ni el chiquitín, porque se
le trepa encima haciendo caso omiso de la mueca de perro viejo y feroz, que
gruñe y muestra los dientes pero nadie le cree ya, y vos que te ofuscás como el
viejo y dedicás tus gruñidos, a mí o a la nada misma, y a mí me da un poco de ternura
ese fastidio fugaz que a lo sumo te dura un soplo y ya estás de nuevo con esa
cara de perro manso, sacando la lengua y moviendo la cola, vamos a comer afuera
o a pasear a la plaza, ¿fumamos?, mirá lo que escribí hoy, te extrañé tanto
mientras no estabas mi amor.
Pero no esta vez, porque ahí seguís dormido, y probablemente
en otro momento ya te hubiera despertado, o a lo sumo un hola amor, pero esta
vez me da cosa, no quiero robarte de tu escape canino y se nota que algo sentís
de mi mirada posada sobre vos, recorriéndote la perruna figura, porque te
removés un poco inquieto y tu cabeza se va deslizando por el cuarto trasero del
viejo hasta tocar el sillón y así quedás, en puro estado horizontal, con la
cara sobre la vieja manta celeste y blanca, tan llena de pelos que a veces
hasta me da cosa de sentarme ahí para mirar la tele, y vos inmutable y ellos
también, porque ninguno de los cuatro se mueve, y de vos es esperable con ese
sueño de tronco que tenés pero los perros, que siempre están a los gritos
apenas alguien se acerca a la puerta de calle y ahora tan silenciosos y
somnolientos, como si mantuvieran una delicada y ritual armonía onírica perruna,
y vos que te removés de nuevo, soñando seguramente que corrés por el campo, o
que viajas en el techo de la lancha colectiva ansioso de bajar en el muelle y
sin más ni más echarte una corrida desbocada para ir a zambullirte en el río, o
quizás soñás que hay asado y te tocan los huesos y las sobras y entonces alto
festín, mordisqueando y royendo pedazos de asado de tira hasta altas horas o
mejor aún, que vamos a la playa y corrés sin pausa, con la boca abierta y la
lengua flotando como de costado, pasás en carrera rasante por la orilla salpicando
a unas señoras que se remojaban las patas y seguís el alocado trote hasta
detenerte en un pozo que alguien abrió oportunamente, y metés primero el hocico,
y luego las patas delanteras estiradas, y hociqueando a intervalos regulares
vas cavando con patas y uñas, presintiendo vaya a saber uno qué carcaza de
pescado, qué ostra antediluviana, qué caracola arrobada de salitre y de sol,
escondida por unos niños hace una pila de veranos y vos que pronto la vas a
encontrar, a abrir bien grande la boca y llevártela a la orilla, para pegarle
una enjuagada en el mar y luego me la vas a traer, para que te la tire una y
otra vez, corriendo a buscarla, depositarla cerca de mi mano y otra vez la
corrida desbocada, la reiteración hasta el infinito, qué otra cosa sino los
días de perro, las vidas de perro y muy probablemente, los sueños de perro.
Este sueño de perro tuyo, que se va desperezando mientras yo
abro la puerta del patio para que se ventile un poco de este olor a manada
humedecida y pongo la pava para el mate, mientras me saco la campera toda
mojada, y las botas, las medias, todo todo empapado, y les vine a romper la
armonía de la siesta pero vos te vas despertando de a poco y me mirás, con los
ojos entrecerrados, me mirás como desde muy lejos, como desde otro tiempo más
primigenio, más animal y me sonreís, sonrisa plácida de ojos achinados, sonrisa
todavía de costado con la mejilla apoyada sobre la colcha llena de pelos,
sonrisa perenne porque me ves que llegué, y ya podés ir volviendo a ser hombre,
y alrededor tuyo se va desperezando también la manada, hola piba más linda, con
cara y voz todavía de sueño y con la sonrisa a flor de piel, qué bueno que
llegaste, ¿pusiste la pava?, me quedé re dormido acá entre los bichos, te
extrañé, me das un beso, cómo llueve ¿no?, te mojaste, no, a que no sabés lo que
estaba soñando.
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