Ay piba, siento que se me escurre el tiempo, se me resbala
como agua por entre las rendijas que quedan entre los dedos cuando están así
juntos, con la mano en forma de cuenco. Aunque ahueques lo más posible la
concavidad de tu mano, se resbala. Incluso juntando ambas manos, el borde
exterior de una palma pegada a la otra, los huesitos limítrofes del aire que
anteceden al brazo presionándose uno a otro, meñique y anular de la mano
derecha reposando levemente sobre sus opuestos iguales de la otra mitad del
improvisado recipiente, las puntas de los dedos arqueándose suavemente hacia arriba,
y los pulgares –condenación de la estirpe- cerrando la redondez imperfecta y
mirando impávidos hacia afuera y en sentido contrario, así puestas las manos
como para conservar un poco de agua en ellas, para echarse a la cara y despegarse
las lagañas o transportar de un lugar a otro para mojar alguna planta o la cara
desprevenida de algún punto, pues igual, hagas lo que hagas y más temprano o
más tarde, se resbala.
Se resbala o se escurre, que no es lo mismo pero para el
caso da igual. Porque a veces se resbala –casi siempre más que a veces- como el
agua de la bacha del baño por entre las paredes húmedas y pegajosas de los
caños, una parte de esa agua que sale de la cañilla del baño mientras vos te
cepillás los dientes, agua entremezclada así espumosa y oliendo a menta de
perfumería, cae con el peso muerto por el centro del agujero insondable y luego
la otra parte resbala oblicuamente y se va a juntar, agua con agua, allá en la
espesura del bajomundo de tu casa.
Otras veces se escurre, como el agua de la mochila del
inodoro a la que se le ha gastado la goma del coso ese que sirve para dejar
pasar el agua hacia abajo o para ya no dejarla pasar más. O más bien como el de
una bañadera mal taponada con un trapo estrujado, que mantiene ante ojos incautos
la apariencia de estanque pero que imperceptible y silenciosamente va
haciéndose camino entre las fibras, empujando hacia abajo con la solicitud de
la fuerza de gravedad, y cuando te quisiste acordar, chau, se te vació la
bañadera y con un golpecito en la cabeza recordás una vez más que deberías
comprar un tapón de goma en el chino de la vuelta.
Ni que hablar del agua de la regadera que cae sobre las
macetas que se, no ya escurre sino, filtra por entre esa argamasa de tierra
negra, agarrotadas raíces, bolitas blancas, pedacitos de hojas viejas y resaca
de río, y finalmente dando rodeos por entre las piedritas de laca va a tocar el
fondo de plástico y busca inevitablemente los agujeritos, respiro al exterior,
cuidadosamente punteados con un destornilladoral rojo vivo, y se desparrama por
el piso de baldosas del patio, a la espera de que el sol de la media tarde la
evapore y se la lleve a pasear.
Pero la idea que más me gusta y más me entretiene, es
aquella de la mano en cuenco, porque en esta actitud, ingenua y esperanzada,
reside toda la belleza e inutilidad del gesto humano, la búsqueda de asir en
improvisada vasijita piel y huesos, todo aquello que por definición tarde o
temprano se nos escapará de las manos. Porque qué otra cosa sino el agua, que resbala
por el límite exterior de nuestro cuerpo, ese embutido finísimo plagado de
poros y capas, que respira y todo pero que invariablemente no podrá detener el surco
del agua que resbala por la espalda o la pierna, aunque alguna osada gotita
resista estoica detrás del lóbulo de la oreja o en el centro inexacto de tu
hombro izquierdo.
No hay caso, piel y agua son como vos y yo, se tocan, se penetran, se agasajan, se sorprenden con algún despabile intenso, se refrescan o se acaloran, se pegajosean pero inexorablemente se tornan esquivos, se repelen, se resbalan.
Por eso es que pensaba en el tiempo, y también en el agua, y
ahora en la fuerza de gravedad, que algún papel debe tener en todo este asunto,
porque caigo en la cuenta de que el resbalar del agua siempre lleva el impulso
de la gravedad, sino cuándo se ha visto que un poco de agua siquiera resbale
para arriba, sea en la maceta o en los valles calchaquíes, siempre para abajo,
aunque se demore en declives y recodos, siempre hacia abajo.
Y entonces se me ocurrió si este resbalar o escurrirse del
tiempo no tendrá que ver con la gravedad, y no es que se nos pase el tiempo, abstracción
retórica si las hay, sino que el tiempo cae hacia abajo, por su propio peso y
por la fuerza de gravedad. La otra vez leí que los planetas y cosas que hay en
el espacio se atraen y a la vez se mantienen a distancia por la fuerza de gravedad
de cada uno de esos cuerpos estelares, y también leí que ahí en el espacio,
hasta los confines del universo, hay materia y energía, pero también espacio y
tiempo. Yo no entiendo mucho de estas cuestiones de la astrofísica, pero de
escurrirses del tiempo y de manos hechas cuencos como barreras que intenten
denodada e infructuosamente detener la fuga sí. Y entonces me va cerrando la
idea.
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