miércoles, 15 de octubre de 2014

Angustias del escurrir

Ay piba, siento que se me escurre el tiempo, se me resbala como agua por entre las rendijas que quedan entre los dedos cuando están así juntos, con la mano en forma de cuenco. Aunque ahueques lo más posible la concavidad de tu mano, se resbala. Incluso juntando ambas manos, el borde exterior de una palma pegada a la otra, los huesitos limítrofes del aire que anteceden al brazo presionándose uno a otro, meñique y anular de la mano derecha reposando levemente sobre sus opuestos iguales de la otra mitad del improvisado recipiente, las puntas de los dedos arqueándose suavemente hacia arriba, y los pulgares –condenación de la estirpe- cerrando la redondez imperfecta y mirando impávidos hacia afuera y en sentido contrario, así puestas las manos como para conservar un poco de agua en ellas, para echarse a la cara y despegarse las lagañas o transportar de un lugar a otro para mojar alguna planta o la cara desprevenida de algún punto, pues igual, hagas lo que hagas y más temprano o más tarde, se resbala.

Se resbala o se escurre, que no es lo mismo pero para el caso da igual. Porque a veces se resbala –casi siempre más que a veces- como el agua de la bacha del baño por entre las paredes húmedas y pegajosas de los caños, una parte de esa agua que sale de la cañilla del baño mientras vos te cepillás los dientes, agua entremezclada así espumosa y oliendo a menta de perfumería, cae con el peso muerto por el centro del agujero insondable y luego la otra parte resbala oblicuamente y se va a juntar, agua con agua, allá en la espesura del bajomundo de tu casa.
Otras veces se escurre, como el agua de la mochila del inodoro a la que se le ha gastado la goma del coso ese que sirve para dejar pasar el agua hacia abajo o para ya no dejarla pasar más. O más bien como el de una bañadera mal taponada con un trapo estrujado, que mantiene ante ojos incautos la apariencia de estanque pero que imperceptible y silenciosamente va haciéndose camino entre las fibras, empujando hacia abajo con la solicitud de la fuerza de gravedad, y cuando te quisiste acordar, chau, se te vació la bañadera y con un golpecito en la cabeza recordás una vez más que deberías comprar un tapón de goma en el chino de la vuelta.

Ni que hablar del agua de la regadera que cae sobre las macetas que se, no ya escurre sino, filtra por entre esa argamasa de tierra negra, agarrotadas raíces, bolitas blancas, pedacitos de hojas viejas y resaca de río, y finalmente dando rodeos por entre las piedritas de laca va a tocar el fondo de plástico y busca inevitablemente los agujeritos, respiro al exterior, cuidadosamente punteados con un destornilladoral rojo vivo, y se desparrama por el piso de baldosas del patio, a la espera de que el sol de la media tarde la evapore y se la lleve a pasear.

Pero la idea que más me gusta y más me entretiene, es aquella de la mano en cuenco, porque en esta actitud, ingenua y esperanzada, reside toda la belleza e inutilidad del gesto humano, la búsqueda de asir en improvisada vasijita piel y huesos, todo aquello que por definición tarde o temprano se nos escapará de las manos. Porque qué otra cosa sino el agua, que resbala por el límite exterior de nuestro cuerpo, ese embutido finísimo plagado de poros y capas, que respira y todo pero que invariablemente no podrá detener el surco del agua que resbala por la espalda o la pierna, aunque alguna osada gotita resista estoica detrás del lóbulo de la oreja o en el centro inexacto de tu hombro izquierdo.

No hay caso, piel y agua son como vos y yo, se tocan, se penetran, se agasajan, se sorprenden con algún despabile intenso, se refrescan o se acaloran, se pegajosean pero inexorablemente se tornan esquivos, se repelen, se resbalan.

Por eso es que pensaba en el tiempo, y también en el agua, y ahora en la fuerza de gravedad, que algún papel debe tener en todo este asunto, porque caigo en la cuenta de que el resbalar del agua siempre lleva el impulso de la gravedad, sino cuándo se ha visto que un poco de agua siquiera resbale para arriba, sea en la maceta o en los valles calchaquíes, siempre para abajo, aunque se demore en declives y recodos, siempre hacia abajo.

Y entonces se me ocurrió si este resbalar o escurrirse del tiempo no tendrá que ver con la gravedad, y no es que se nos pase el tiempo, abstracción retórica si las hay, sino que el tiempo cae hacia abajo, por su propio peso y por la fuerza de gravedad. La otra vez leí que los planetas y cosas que hay en el espacio se atraen y a la vez se mantienen a distancia por la fuerza de gravedad de cada uno de esos cuerpos estelares, y también leí que ahí en el espacio, hasta los confines del universo, hay materia y energía, pero también espacio y tiempo. Yo no entiendo mucho de estas cuestiones de la astrofísica, pero de escurrirses del tiempo y de manos hechas cuencos como barreras que intenten denodada e infructuosamente detener la fuga sí. Y entonces me va cerrando la idea.

Cosa que no me deja más tranquilo y mucho menos satisfecho, porque ningún descubrimiento científico va a venir a matizarme esta angustia de que cada vez se me pase más rápido este tiempo nuestro, estos días pasados y por venir, esta tardenoche leyendo a la sombra del sauce, la imposibilidad de fijar una siesta en la eternidad, de que este tiempo mío se me escurra como el agua por entre las manos hechas un cuenco, con los dedos pegados y superpuestos, las puntas con sus uñas arqueadas levemente hacia el cielo y los pulgares retozando de costado y sin mirarse siquiera, cerrando la imperfecta redondez de ese gesto en el que se juntan la ilusión y la inocencia en imposible resguardo de lo que no se puede asir, ni agarrar y mucho menos retener, porque como el tiempo, tiene cuerpo y tiene peso, y cae, o resbala, o se escurre, qué más da.

jueves, 25 de septiembre de 2014

Perruna

Porque resulta que volví a casa, cargada como siempre, la mochila en la espalda, la bolsa de la compra en una mano, el paraguas porque llovía y cómo, paraguas aferrado debajo del brazo haciendo equilibrio, con el codo haciendo fuerza para que no se cayera y la llave en la otra mano, que encima todavía no me acostumbro a tu puerta, nuestra puerta ya, y estoy un buen rato tratando de atinarle a ver cuál es la llave que abre y por consiguiente cuáles son las que no abren y quedaron ahí, de otras puertas y otras casas, porque vos sos así, de juntar inexplicablemente porquerías de ese estilo y de otros, entonces llego empapada, un poco por la calle y el día, por esta lluvia torrencial que se largó furiosa sobre esta ciudad y yo pensaba que seguramente se estaría inundando la casa, entrando el agua por debajo de las puertas, goteando por las juntas del cerramiento del living que fuera patio, resbalando ansiosas por las paredes de policarbonato y vos encerrado sin saber demasiado qué hacer ni adonde ir, porque llueve, y poco y nada se puede hacer cuando llueve y no se tiene demasiado para hacer, y además empapada un poco de más, por los segundos torrenciales que me demoré en la puerta de calle, haciendo malabares con la mochila, la bolsa del mercado, el paraguas, la llave, hasta que la emboqué y entré a la casa, y todavía me mojé un poco más en el trayecto del pasillo que por techo sólo tiene unas varillas de metal cuya utilidad nunca supiste indicarme y yo por vagancia intelectual tampoco pensé en decretar, así que segunda puerta, ésta la tengo un poco más fácil por descarte, y abro para adentro, y ni vos ni los perros vienen a saludarme, porque se ve que les pintó la siesta, la lluvia como un canto de sirena para el sueño vespertino y además la cantinela del reposo que te tiene arrobado en estas cuatro paredes que se multiplican en ocho, en doce, en dieciséis, por las habitaciones de la casa, tu casa, nuestra casa, qué raro decirle así.

Y ahí estás, vos y los perros, los cuatro pero sobretodo vos, manada amontonada uno encima de otro, bola de pelos en forma de rompecabezas antojadizo, cabeza sobre pecho, pata sobre cabeza, muslo entreverado, jauría somnolienta y plácida con ruido de lluvia de fondo mientras yo entro a la casa cargada y empapada, cúmulo de pelos, patas, hocicos, orejas, ojos y colas,  desaprovechando la extensión toda del sillón porque los cuatro se amontonan en dos tercios, no dejando prácticamente hueco de manta sin cubrir y reposan sin inmutarse, pero vos sobretodo, entre medio de todos, dormido con la cabeza apoyada en el lomo del viejo, que seguramente debió haber gruñido cuando te apoyaste en él, porque así es de cabrón y gruñido después de nuevo cuando te acomodaste con la cabeza así, un poco sobre sus cuartos traseros y otro poco descansando en el respaldo del sillón, así echado de perfil,  no digamos en estado fetal pero casi, las piernas flexionadas  como en unas eles imperfectas, con las rodillas apuntando un poco hacia arriba y hacia adelante, inmóvil porque debajo del brazo que no tenés aprisionado entre tu cuerpo  y el sillón, ahí en el hueco de tu brazo derecho, atravesado de lado a lado está el chiquitín, que duerme plácidamente y seguramente contento porque durante semanas se amontonó con sus hermanitos recién nacidos pero ahora se quedó solito y entonces duerme solo porque todavía no puede subirse al sillón en donde por las noches y las tardes duermen sus congéneres más añosos, pero ahora qué suerte que le tocó, la posibilidad de dormir otra vez entreverado con la manada, así compartiendo el calor y el pelo, porque además de estar dormido debajo de tu brazo y por sobre tu costado, un poco más allá está mamá Pelusa, que como siempre encontró mágicamente la forma de doblarse para caber en un pequeño hueco libre de sillón, el que quedaba en la punta, y ahí está hecha un ovillo, apoyada la cabeza en la cola, en imperfecta redondez de pelos marrones, beiges y negros, con las orejas triangulares y puntiagudas en reposo, y en contacto con tu cuerpo, viste que a ella le gusta echarse encima de uno, descargar el propio peso en el costado del otro como diciendo acá estoy, sentime, tengo peso y ansias, y finalizando con el recorte perruno, tu cabeza recostada sobre el lomo del viejo y el viejo estirado un poco en diagonal, con la cara al borde del abismo pero dejando libre, lo dicho, casi un tercio de sillón por esa cosa animal de andar economizando energía, espacio y calores, salvo en épocas veraniegas de mucha mucha temperatura en las que cada uno busca un lugarcito fresco y solitario para respirar por narinas y pelos y pasar el rato hasta que refresque por la noche, pero ahí vos, tan en tu siesta perruna, tan loco de los perros como me gusta decirte cuando paseas a los gritos por la calle y si antes con dos era una locura, te imaginarás que con tres, pero bueno qué te voy a venir yo con eso a vos ahora, a vos que estás en el cuarto sueño de los perros.

Porque aun ni te inmutaste de mi llegada, y yo impávida y azorada de tus capacidades camaleónicas, tan vuelto perro por momentos, tan manso y fiel y ansioso de amor, tan de hacerme fiesta cuando llego y saltarme alrededor contándome las cosas de tu día, las cosas que rompiste y si pudiste seguir la novela esta tarde o te distrajiste mirando las hormigas que recorrían la medianera del patio llevando los pedacitos de las flores que se fueron cayendo del limonero, y tan de moverme la cola si llego con un pedazo de carne para hacer al horno con papas o una película nueva que conseguí en el puesto de copias truchas de la estación de tren, y a veces tan guardián e intempestivo, tan cabrón como el viejo que está ahí echado todo el día, sin hacer nada y cada tanto se manda tres o cuatro chumbidos para demostrar que ahí está, que sigue siendo el macho dominante aunque ya nadie le cree, ni el chiquitín, porque se le trepa encima haciendo caso omiso de la mueca de perro viejo y feroz, que gruñe y muestra los dientes pero nadie le cree ya, y vos que te ofuscás como el viejo y dedicás tus gruñidos, a mí o a la nada misma, y a mí me da un poco de ternura ese fastidio fugaz que a lo sumo te dura un soplo y ya estás de nuevo con esa cara de perro manso, sacando la lengua y moviendo la cola, vamos a comer afuera o a pasear a la plaza, ¿fumamos?, mirá lo que escribí hoy, te extrañé tanto mientras no estabas mi amor.

Pero no esta vez, porque ahí seguís dormido, y probablemente en otro momento ya te hubiera despertado, o a lo sumo un hola amor, pero esta vez me da cosa, no quiero robarte de tu escape canino y se nota que algo sentís de mi mirada posada sobre vos, recorriéndote la perruna figura, porque te removés un poco inquieto y tu cabeza se va deslizando por el cuarto trasero del viejo hasta tocar el sillón y así quedás, en puro estado horizontal, con la cara sobre la vieja manta celeste y blanca, tan llena de pelos que a veces hasta me da cosa de sentarme ahí para mirar la tele, y vos inmutable y ellos también, porque ninguno de los cuatro se mueve, y de vos es esperable con ese sueño de tronco que tenés pero los perros, que siempre están a los gritos apenas alguien se acerca a la puerta de calle y ahora tan silenciosos y somnolientos, como si mantuvieran una delicada y ritual armonía onírica perruna, y vos que te removés de nuevo, soñando seguramente que corrés por el campo, o que viajas en el techo de la lancha colectiva ansioso de bajar en el muelle y sin más ni más echarte una corrida desbocada para ir a zambullirte en el río, o quizás soñás que hay asado y te tocan los huesos y las sobras y entonces alto festín, mordisqueando y royendo pedazos de asado de tira hasta altas horas o mejor aún, que vamos a la playa y corrés sin pausa, con la boca abierta y la lengua flotando como de costado, pasás en carrera rasante por la orilla salpicando a unas señoras que se remojaban las patas y seguís el alocado trote hasta detenerte en un pozo que alguien abrió oportunamente, y metés primero el hocico, y luego las patas delanteras estiradas, y hociqueando a intervalos regulares vas cavando con patas y uñas, presintiendo vaya a saber uno qué carcaza de pescado, qué ostra antediluviana, qué caracola arrobada de salitre y de sol, escondida por unos niños hace una pila de veranos y vos que pronto la vas a encontrar, a abrir bien grande la boca y llevártela a la orilla, para pegarle una enjuagada en el mar y luego me la vas a traer, para que te la tire una y otra vez, corriendo a buscarla, depositarla cerca de mi mano y otra vez la corrida desbocada, la reiteración hasta el infinito, qué otra cosa sino los días de perro, las vidas de perro y muy probablemente, los sueños de perro.


Este sueño de perro tuyo, que se va desperezando mientras yo abro la puerta del patio para que se ventile un poco de este olor a manada humedecida y pongo la pava para el mate, mientras me saco la campera toda mojada, y las botas, las medias, todo todo empapado, y les vine a romper la armonía de la siesta pero vos te vas despertando de a poco y me mirás, con los ojos entrecerrados, me mirás como desde muy lejos, como desde otro tiempo más primigenio, más animal y me sonreís, sonrisa plácida de ojos achinados, sonrisa todavía de costado con la mejilla apoyada sobre la colcha llena de pelos, sonrisa perenne porque me ves que llegué, y ya podés ir volviendo a ser hombre, y alrededor tuyo se va desperezando también la manada, hola piba más linda, con cara y voz todavía de sueño y con la sonrisa a flor de piel, qué bueno que llegaste, ¿pusiste la pava?, me quedé re dormido acá entre los bichos, te extrañé, me das un beso, cómo llueve ¿no?, te mojaste, no, a que no sabés lo que estaba soñando.

martes, 28 de enero de 2014

Sueño de las gotas

“La simplicidad es la distancia más corta entre dos puntos”
El Chango Orellana a la siesta (de alguna bolsa oriental habrá salido).

Las plantitas de la casita de melincué, la del limonero en el patio y el sauce isleño en la vereda, rebrotan como nacidas de un brazo viejo, reverdecen en otro patio de otra ciudad, bajo otro cielo que es el mismo, con otros aires y otros vientos, debajo del mismo sol. Hay otro limonero que apenas comienza despacioso a florecer, hay un cactus trasplantado del cerro, una bicicleta colgada de un gancho del techito de chapa, pedazos de troncos añejos, un sillón desanudado por tanta lluvia a la intemperie. El Chingolo, que recién dormitaba soñando vaya a saber con qué amnióticos paraísos perrunos arrastra su patita trasera y se balancea en su vaivén de cachorro para ir a tirarse encima del gato y trenzarse en un abrazo de mordidas indolentes, casi fraternales. Allá cerca se escuchan los ecos del traquetear del tren que ya no pasa hace décadas y unas nubes cruzan diáfanas por el pedacito de cielo que se recorta entre las líneas irregulares de las paredes descascaradas.
Las hojas de las plantas cuyas primas hojas habitaron otros patios se retuercen buscando la luz que se resbala por entre los ladrillos de los muros y el agua recién salida de la regadera se eleva transpirada por una hoja, flotando como un cristal invisible que refracta siete colores y sube hacia lo alto, hacia los cables de los postes de luz, y más allá, adonde todo se junta para volver a desplomarse sobre los suelos.
Así la vida, insondable, se abre paso como el agua del arroyo por entre las piedras, a veces con la decisión y el impulso desbocado del río, que corre hacia abajo y adelante, aunque para el agua quizás no exista ni arriba ni atrás y otras veces con el cantar circular de las estaciones y los amaneceres, un espiral concéntrico y a la vez centrífugo con el que la vida se despunta la modorra de las siestas y las trasnochadas.
Así brota y fluye, gira sobre sí misma, con el aleteo causal y azaroso de la tragedia y la esperanza, corre anhelante sobre un cauce que unas veces llega al mar y otras veces se evapora bajo el sol ardiente de los mediodías. Se va remontando el aire hacia las cimas del cielo allá arriba, a perderse y enredarse con otras gotas de un agua transpirada por los sudores de las piedras de la seca serrana, luego se entrelazan nubosas en un tejido algodonoso de inimaginables formas, y viajan mundo abajo, o mundo arriba, se desperezan y se vuelven a enlazar, en un campo celeste regado de jirones lechosos desperdigados como la cimiente del hombre por la tierra.
Así viajan y se diseminan, hasta que los vientos sinuosos las vuelven a juntar, las entrecruzan y las abrazan, las cargan de la eléctrica voluminosidad de la tormenta, se encienden de lumbres grises, oscuras, rojizas, violáceas, se hinchan, gordas y rebosantes como una garrapata que ha chupado todo lo que ha podido y se deciden a desplomarse con la furia irredenta del aguacero sobre los techos de barro o de zinc de cualquier paraje, de cualquier barrio en cualquier ciudad, quizás debajo de los cielos del barrio de Floresta, caen furiosas regando el patio del limonero, rozan frescas los tomates y las hojas de la menta, se meten en la tierra de las macetas, una a una penetran la tierra como sorbidas por una sed de siglos de andar por el desierto y se quedan a dormir allí, entibiadas por la tarde pegajosa de finales de enero, entre pedacitos de madera y raíces nudosas, surcadas por el bucear ciego de una lombriz colorada. Y sueñan con otras gotas, con el cielo serrano, con volver a chapotear bajando la cuesta del mundo, corriendo desbocadas río abajo hacia el mar o flotando otra vez para deshacerse allá en lo arriba, donde todo se junta, debajo de los cielos de esta tierra de tanta agua y tanta sed.