miércoles, 15 de octubre de 2014

Angustias del escurrir

Ay piba, siento que se me escurre el tiempo, se me resbala como agua por entre las rendijas que quedan entre los dedos cuando están así juntos, con la mano en forma de cuenco. Aunque ahueques lo más posible la concavidad de tu mano, se resbala. Incluso juntando ambas manos, el borde exterior de una palma pegada a la otra, los huesitos limítrofes del aire que anteceden al brazo presionándose uno a otro, meñique y anular de la mano derecha reposando levemente sobre sus opuestos iguales de la otra mitad del improvisado recipiente, las puntas de los dedos arqueándose suavemente hacia arriba, y los pulgares –condenación de la estirpe- cerrando la redondez imperfecta y mirando impávidos hacia afuera y en sentido contrario, así puestas las manos como para conservar un poco de agua en ellas, para echarse a la cara y despegarse las lagañas o transportar de un lugar a otro para mojar alguna planta o la cara desprevenida de algún punto, pues igual, hagas lo que hagas y más temprano o más tarde, se resbala.

Se resbala o se escurre, que no es lo mismo pero para el caso da igual. Porque a veces se resbala –casi siempre más que a veces- como el agua de la bacha del baño por entre las paredes húmedas y pegajosas de los caños, una parte de esa agua que sale de la cañilla del baño mientras vos te cepillás los dientes, agua entremezclada así espumosa y oliendo a menta de perfumería, cae con el peso muerto por el centro del agujero insondable y luego la otra parte resbala oblicuamente y se va a juntar, agua con agua, allá en la espesura del bajomundo de tu casa.
Otras veces se escurre, como el agua de la mochila del inodoro a la que se le ha gastado la goma del coso ese que sirve para dejar pasar el agua hacia abajo o para ya no dejarla pasar más. O más bien como el de una bañadera mal taponada con un trapo estrujado, que mantiene ante ojos incautos la apariencia de estanque pero que imperceptible y silenciosamente va haciéndose camino entre las fibras, empujando hacia abajo con la solicitud de la fuerza de gravedad, y cuando te quisiste acordar, chau, se te vació la bañadera y con un golpecito en la cabeza recordás una vez más que deberías comprar un tapón de goma en el chino de la vuelta.

Ni que hablar del agua de la regadera que cae sobre las macetas que se, no ya escurre sino, filtra por entre esa argamasa de tierra negra, agarrotadas raíces, bolitas blancas, pedacitos de hojas viejas y resaca de río, y finalmente dando rodeos por entre las piedritas de laca va a tocar el fondo de plástico y busca inevitablemente los agujeritos, respiro al exterior, cuidadosamente punteados con un destornilladoral rojo vivo, y se desparrama por el piso de baldosas del patio, a la espera de que el sol de la media tarde la evapore y se la lleve a pasear.

Pero la idea que más me gusta y más me entretiene, es aquella de la mano en cuenco, porque en esta actitud, ingenua y esperanzada, reside toda la belleza e inutilidad del gesto humano, la búsqueda de asir en improvisada vasijita piel y huesos, todo aquello que por definición tarde o temprano se nos escapará de las manos. Porque qué otra cosa sino el agua, que resbala por el límite exterior de nuestro cuerpo, ese embutido finísimo plagado de poros y capas, que respira y todo pero que invariablemente no podrá detener el surco del agua que resbala por la espalda o la pierna, aunque alguna osada gotita resista estoica detrás del lóbulo de la oreja o en el centro inexacto de tu hombro izquierdo.

No hay caso, piel y agua son como vos y yo, se tocan, se penetran, se agasajan, se sorprenden con algún despabile intenso, se refrescan o se acaloran, se pegajosean pero inexorablemente se tornan esquivos, se repelen, se resbalan.

Por eso es que pensaba en el tiempo, y también en el agua, y ahora en la fuerza de gravedad, que algún papel debe tener en todo este asunto, porque caigo en la cuenta de que el resbalar del agua siempre lleva el impulso de la gravedad, sino cuándo se ha visto que un poco de agua siquiera resbale para arriba, sea en la maceta o en los valles calchaquíes, siempre para abajo, aunque se demore en declives y recodos, siempre hacia abajo.

Y entonces se me ocurrió si este resbalar o escurrirse del tiempo no tendrá que ver con la gravedad, y no es que se nos pase el tiempo, abstracción retórica si las hay, sino que el tiempo cae hacia abajo, por su propio peso y por la fuerza de gravedad. La otra vez leí que los planetas y cosas que hay en el espacio se atraen y a la vez se mantienen a distancia por la fuerza de gravedad de cada uno de esos cuerpos estelares, y también leí que ahí en el espacio, hasta los confines del universo, hay materia y energía, pero también espacio y tiempo. Yo no entiendo mucho de estas cuestiones de la astrofísica, pero de escurrirses del tiempo y de manos hechas cuencos como barreras que intenten denodada e infructuosamente detener la fuga sí. Y entonces me va cerrando la idea.

Cosa que no me deja más tranquilo y mucho menos satisfecho, porque ningún descubrimiento científico va a venir a matizarme esta angustia de que cada vez se me pase más rápido este tiempo nuestro, estos días pasados y por venir, esta tardenoche leyendo a la sombra del sauce, la imposibilidad de fijar una siesta en la eternidad, de que este tiempo mío se me escurra como el agua por entre las manos hechas un cuenco, con los dedos pegados y superpuestos, las puntas con sus uñas arqueadas levemente hacia el cielo y los pulgares retozando de costado y sin mirarse siquiera, cerrando la imperfecta redondez de ese gesto en el que se juntan la ilusión y la inocencia en imposible resguardo de lo que no se puede asir, ni agarrar y mucho menos retener, porque como el tiempo, tiene cuerpo y tiene peso, y cae, o resbala, o se escurre, qué más da.

jueves, 25 de septiembre de 2014

Perruna

Porque resulta que volví a casa, cargada como siempre, la mochila en la espalda, la bolsa de la compra en una mano, el paraguas porque llovía y cómo, paraguas aferrado debajo del brazo haciendo equilibrio, con el codo haciendo fuerza para que no se cayera y la llave en la otra mano, que encima todavía no me acostumbro a tu puerta, nuestra puerta ya, y estoy un buen rato tratando de atinarle a ver cuál es la llave que abre y por consiguiente cuáles son las que no abren y quedaron ahí, de otras puertas y otras casas, porque vos sos así, de juntar inexplicablemente porquerías de ese estilo y de otros, entonces llego empapada, un poco por la calle y el día, por esta lluvia torrencial que se largó furiosa sobre esta ciudad y yo pensaba que seguramente se estaría inundando la casa, entrando el agua por debajo de las puertas, goteando por las juntas del cerramiento del living que fuera patio, resbalando ansiosas por las paredes de policarbonato y vos encerrado sin saber demasiado qué hacer ni adonde ir, porque llueve, y poco y nada se puede hacer cuando llueve y no se tiene demasiado para hacer, y además empapada un poco de más, por los segundos torrenciales que me demoré en la puerta de calle, haciendo malabares con la mochila, la bolsa del mercado, el paraguas, la llave, hasta que la emboqué y entré a la casa, y todavía me mojé un poco más en el trayecto del pasillo que por techo sólo tiene unas varillas de metal cuya utilidad nunca supiste indicarme y yo por vagancia intelectual tampoco pensé en decretar, así que segunda puerta, ésta la tengo un poco más fácil por descarte, y abro para adentro, y ni vos ni los perros vienen a saludarme, porque se ve que les pintó la siesta, la lluvia como un canto de sirena para el sueño vespertino y además la cantinela del reposo que te tiene arrobado en estas cuatro paredes que se multiplican en ocho, en doce, en dieciséis, por las habitaciones de la casa, tu casa, nuestra casa, qué raro decirle así.

Y ahí estás, vos y los perros, los cuatro pero sobretodo vos, manada amontonada uno encima de otro, bola de pelos en forma de rompecabezas antojadizo, cabeza sobre pecho, pata sobre cabeza, muslo entreverado, jauría somnolienta y plácida con ruido de lluvia de fondo mientras yo entro a la casa cargada y empapada, cúmulo de pelos, patas, hocicos, orejas, ojos y colas,  desaprovechando la extensión toda del sillón porque los cuatro se amontonan en dos tercios, no dejando prácticamente hueco de manta sin cubrir y reposan sin inmutarse, pero vos sobretodo, entre medio de todos, dormido con la cabeza apoyada en el lomo del viejo, que seguramente debió haber gruñido cuando te apoyaste en él, porque así es de cabrón y gruñido después de nuevo cuando te acomodaste con la cabeza así, un poco sobre sus cuartos traseros y otro poco descansando en el respaldo del sillón, así echado de perfil,  no digamos en estado fetal pero casi, las piernas flexionadas  como en unas eles imperfectas, con las rodillas apuntando un poco hacia arriba y hacia adelante, inmóvil porque debajo del brazo que no tenés aprisionado entre tu cuerpo  y el sillón, ahí en el hueco de tu brazo derecho, atravesado de lado a lado está el chiquitín, que duerme plácidamente y seguramente contento porque durante semanas se amontonó con sus hermanitos recién nacidos pero ahora se quedó solito y entonces duerme solo porque todavía no puede subirse al sillón en donde por las noches y las tardes duermen sus congéneres más añosos, pero ahora qué suerte que le tocó, la posibilidad de dormir otra vez entreverado con la manada, así compartiendo el calor y el pelo, porque además de estar dormido debajo de tu brazo y por sobre tu costado, un poco más allá está mamá Pelusa, que como siempre encontró mágicamente la forma de doblarse para caber en un pequeño hueco libre de sillón, el que quedaba en la punta, y ahí está hecha un ovillo, apoyada la cabeza en la cola, en imperfecta redondez de pelos marrones, beiges y negros, con las orejas triangulares y puntiagudas en reposo, y en contacto con tu cuerpo, viste que a ella le gusta echarse encima de uno, descargar el propio peso en el costado del otro como diciendo acá estoy, sentime, tengo peso y ansias, y finalizando con el recorte perruno, tu cabeza recostada sobre el lomo del viejo y el viejo estirado un poco en diagonal, con la cara al borde del abismo pero dejando libre, lo dicho, casi un tercio de sillón por esa cosa animal de andar economizando energía, espacio y calores, salvo en épocas veraniegas de mucha mucha temperatura en las que cada uno busca un lugarcito fresco y solitario para respirar por narinas y pelos y pasar el rato hasta que refresque por la noche, pero ahí vos, tan en tu siesta perruna, tan loco de los perros como me gusta decirte cuando paseas a los gritos por la calle y si antes con dos era una locura, te imaginarás que con tres, pero bueno qué te voy a venir yo con eso a vos ahora, a vos que estás en el cuarto sueño de los perros.

Porque aun ni te inmutaste de mi llegada, y yo impávida y azorada de tus capacidades camaleónicas, tan vuelto perro por momentos, tan manso y fiel y ansioso de amor, tan de hacerme fiesta cuando llego y saltarme alrededor contándome las cosas de tu día, las cosas que rompiste y si pudiste seguir la novela esta tarde o te distrajiste mirando las hormigas que recorrían la medianera del patio llevando los pedacitos de las flores que se fueron cayendo del limonero, y tan de moverme la cola si llego con un pedazo de carne para hacer al horno con papas o una película nueva que conseguí en el puesto de copias truchas de la estación de tren, y a veces tan guardián e intempestivo, tan cabrón como el viejo que está ahí echado todo el día, sin hacer nada y cada tanto se manda tres o cuatro chumbidos para demostrar que ahí está, que sigue siendo el macho dominante aunque ya nadie le cree, ni el chiquitín, porque se le trepa encima haciendo caso omiso de la mueca de perro viejo y feroz, que gruñe y muestra los dientes pero nadie le cree ya, y vos que te ofuscás como el viejo y dedicás tus gruñidos, a mí o a la nada misma, y a mí me da un poco de ternura ese fastidio fugaz que a lo sumo te dura un soplo y ya estás de nuevo con esa cara de perro manso, sacando la lengua y moviendo la cola, vamos a comer afuera o a pasear a la plaza, ¿fumamos?, mirá lo que escribí hoy, te extrañé tanto mientras no estabas mi amor.

Pero no esta vez, porque ahí seguís dormido, y probablemente en otro momento ya te hubiera despertado, o a lo sumo un hola amor, pero esta vez me da cosa, no quiero robarte de tu escape canino y se nota que algo sentís de mi mirada posada sobre vos, recorriéndote la perruna figura, porque te removés un poco inquieto y tu cabeza se va deslizando por el cuarto trasero del viejo hasta tocar el sillón y así quedás, en puro estado horizontal, con la cara sobre la vieja manta celeste y blanca, tan llena de pelos que a veces hasta me da cosa de sentarme ahí para mirar la tele, y vos inmutable y ellos también, porque ninguno de los cuatro se mueve, y de vos es esperable con ese sueño de tronco que tenés pero los perros, que siempre están a los gritos apenas alguien se acerca a la puerta de calle y ahora tan silenciosos y somnolientos, como si mantuvieran una delicada y ritual armonía onírica perruna, y vos que te removés de nuevo, soñando seguramente que corrés por el campo, o que viajas en el techo de la lancha colectiva ansioso de bajar en el muelle y sin más ni más echarte una corrida desbocada para ir a zambullirte en el río, o quizás soñás que hay asado y te tocan los huesos y las sobras y entonces alto festín, mordisqueando y royendo pedazos de asado de tira hasta altas horas o mejor aún, que vamos a la playa y corrés sin pausa, con la boca abierta y la lengua flotando como de costado, pasás en carrera rasante por la orilla salpicando a unas señoras que se remojaban las patas y seguís el alocado trote hasta detenerte en un pozo que alguien abrió oportunamente, y metés primero el hocico, y luego las patas delanteras estiradas, y hociqueando a intervalos regulares vas cavando con patas y uñas, presintiendo vaya a saber uno qué carcaza de pescado, qué ostra antediluviana, qué caracola arrobada de salitre y de sol, escondida por unos niños hace una pila de veranos y vos que pronto la vas a encontrar, a abrir bien grande la boca y llevártela a la orilla, para pegarle una enjuagada en el mar y luego me la vas a traer, para que te la tire una y otra vez, corriendo a buscarla, depositarla cerca de mi mano y otra vez la corrida desbocada, la reiteración hasta el infinito, qué otra cosa sino los días de perro, las vidas de perro y muy probablemente, los sueños de perro.


Este sueño de perro tuyo, que se va desperezando mientras yo abro la puerta del patio para que se ventile un poco de este olor a manada humedecida y pongo la pava para el mate, mientras me saco la campera toda mojada, y las botas, las medias, todo todo empapado, y les vine a romper la armonía de la siesta pero vos te vas despertando de a poco y me mirás, con los ojos entrecerrados, me mirás como desde muy lejos, como desde otro tiempo más primigenio, más animal y me sonreís, sonrisa plácida de ojos achinados, sonrisa todavía de costado con la mejilla apoyada sobre la colcha llena de pelos, sonrisa perenne porque me ves que llegué, y ya podés ir volviendo a ser hombre, y alrededor tuyo se va desperezando también la manada, hola piba más linda, con cara y voz todavía de sueño y con la sonrisa a flor de piel, qué bueno que llegaste, ¿pusiste la pava?, me quedé re dormido acá entre los bichos, te extrañé, me das un beso, cómo llueve ¿no?, te mojaste, no, a que no sabés lo que estaba soñando.

martes, 28 de enero de 2014

Sueño de las gotas

“La simplicidad es la distancia más corta entre dos puntos”
El Chango Orellana a la siesta (de alguna bolsa oriental habrá salido).

Las plantitas de la casita de melincué, la del limonero en el patio y el sauce isleño en la vereda, rebrotan como nacidas de un brazo viejo, reverdecen en otro patio de otra ciudad, bajo otro cielo que es el mismo, con otros aires y otros vientos, debajo del mismo sol. Hay otro limonero que apenas comienza despacioso a florecer, hay un cactus trasplantado del cerro, una bicicleta colgada de un gancho del techito de chapa, pedazos de troncos añejos, un sillón desanudado por tanta lluvia a la intemperie. El Chingolo, que recién dormitaba soñando vaya a saber con qué amnióticos paraísos perrunos arrastra su patita trasera y se balancea en su vaivén de cachorro para ir a tirarse encima del gato y trenzarse en un abrazo de mordidas indolentes, casi fraternales. Allá cerca se escuchan los ecos del traquetear del tren que ya no pasa hace décadas y unas nubes cruzan diáfanas por el pedacito de cielo que se recorta entre las líneas irregulares de las paredes descascaradas.
Las hojas de las plantas cuyas primas hojas habitaron otros patios se retuercen buscando la luz que se resbala por entre los ladrillos de los muros y el agua recién salida de la regadera se eleva transpirada por una hoja, flotando como un cristal invisible que refracta siete colores y sube hacia lo alto, hacia los cables de los postes de luz, y más allá, adonde todo se junta para volver a desplomarse sobre los suelos.
Así la vida, insondable, se abre paso como el agua del arroyo por entre las piedras, a veces con la decisión y el impulso desbocado del río, que corre hacia abajo y adelante, aunque para el agua quizás no exista ni arriba ni atrás y otras veces con el cantar circular de las estaciones y los amaneceres, un espiral concéntrico y a la vez centrífugo con el que la vida se despunta la modorra de las siestas y las trasnochadas.
Así brota y fluye, gira sobre sí misma, con el aleteo causal y azaroso de la tragedia y la esperanza, corre anhelante sobre un cauce que unas veces llega al mar y otras veces se evapora bajo el sol ardiente de los mediodías. Se va remontando el aire hacia las cimas del cielo allá arriba, a perderse y enredarse con otras gotas de un agua transpirada por los sudores de las piedras de la seca serrana, luego se entrelazan nubosas en un tejido algodonoso de inimaginables formas, y viajan mundo abajo, o mundo arriba, se desperezan y se vuelven a enlazar, en un campo celeste regado de jirones lechosos desperdigados como la cimiente del hombre por la tierra.
Así viajan y se diseminan, hasta que los vientos sinuosos las vuelven a juntar, las entrecruzan y las abrazan, las cargan de la eléctrica voluminosidad de la tormenta, se encienden de lumbres grises, oscuras, rojizas, violáceas, se hinchan, gordas y rebosantes como una garrapata que ha chupado todo lo que ha podido y se deciden a desplomarse con la furia irredenta del aguacero sobre los techos de barro o de zinc de cualquier paraje, de cualquier barrio en cualquier ciudad, quizás debajo de los cielos del barrio de Floresta, caen furiosas regando el patio del limonero, rozan frescas los tomates y las hojas de la menta, se meten en la tierra de las macetas, una a una penetran la tierra como sorbidas por una sed de siglos de andar por el desierto y se quedan a dormir allí, entibiadas por la tarde pegajosa de finales de enero, entre pedacitos de madera y raíces nudosas, surcadas por el bucear ciego de una lombriz colorada. Y sueñan con otras gotas, con el cielo serrano, con volver a chapotear bajando la cuesta del mundo, corriendo desbocadas río abajo hacia el mar o flotando otra vez para deshacerse allá en lo arriba, donde todo se junta, debajo de los cielos de esta tierra de tanta agua y tanta sed.

viernes, 29 de noviembre de 2013

Salvar al universo

Esto no es un diploma. Es una invitación a la carcajada, al desparpajo, a escribir una nota al pie, a dejar fluir chorros de tinta solamente porque algo hay que decir y además tantas cosas para contar, una incitación al desahogo trasnochado, a llenar el éter de la página de cuaderno con palabras que retruquen -no ya el espacio vacío sino- la falacia de los gestos de cartón pintado, las poses de tarima, el maquillaje de ocasión. Esto no es un diploma ni un título; es un eufemismo, un mero avatar simbólico, una contingencia inesperada, un engaño deslizado a sabiendas y con cierta cautela, un rollito de cartulina blanca en blanco, atado muy a reglamento con una cintita celeste y blanca, los colores de la patria.


- ¿Confirmaste por mail? -me preguntó la mina de vestido violeta que estaba a cargo de la organización de la ceremonia de graduación y que acababa de decirme sin inmutarse que no habían llevado mi diploma.
No lo había hecho. Me había llevado el título por la ventanilla dos semanas atrás, firmando un papel en el que me comprometía a devolverlo, so pena de excomunión. Se los llevé de vuelta repleto de sellos y legalizaciones, que el ministerio de educación, que el ministerio del interior, que la uba, que la reducción y las copias vueltas a legalizar, todo para después itinerar toda una tarde por media docena de juntas de clasificación repartiendo fotocopias destinadas inexorablemente a dormir la siesta eterna en una carpeta de tres solapas, apilada en el medio de una centena de carpetas de tres solapas, rodeadas de ficheros y pilas de carpetas de tres solapas, en una oficina sórdida y zumbante, con tubos de luz blanca en el techo, monitores viejos de computadora apilados en los rincones, polvo amontonado en los zócalos y un póster de Eva en la pared; donde al aire acondicionado viejo no le alcanzan los estertores para contrarrestar el aire caliente del verano en el que no sopla ni un respiro, donde huele a café quemado y humedad y una señora resuelve el crucigrama del clarín, porque es enero y no hay nada que hacer hasta el mes que viene.

- No confirmé por mail. Pero cuando devolví el diploma el martes les dije bien claro que iba a venir hoy a recibirlo. Ni siquiera me calienta por mí,  si por mí ni venía, pero mis viejos…

- Bueno, pero vas a participar de la entrega de diplomas. Eso es lo importante. Te vamos a dar un diploma provisorio, siempre tenemos uno para estos casos–me dijo un muchacho de la organización que estaba con la señora que me había dado la mala noticia y que parecía apiadarse de mí más por mi cara de desazón que por la pretendida y enojosa irritación.
Me di vuelta, resignado y enfilé para la salida del auditorio de la facultad, en el que unos trescientos tipos y tipas bien vestidos y bien perfumados aguardaban correctamente sentados a que empezara el acto. Cuando estaba llegando a la puerta me alcanzó el pibe que me había tratado de tranquilizar.

- ¿Vas a recibir el diploma?

- Si, me voy a cambiar al baño.

Salí cruzando las mesitas y el bar, agarré por el pasillo que da a la salida de la calle Santiago del Estero y doblé para los baños que están al lado de la mesita del Partido Obrero. Por suerte a esta hora y un viernes no hay nadie en el baño. Entré, me mojé la cara y me saqué la remera transpirada por el pedaleo al rayo del sol.


Me había levantado a las 9, desayuné mate cocido y pan con queso al sol, escuchando la radio. Me pegué un baño rápido, saqué a los perros a dar la vuelta manzana y me fui con la bici para el lado de la estación de Villa del Parque. Recién había pasado el rápido para Retiro, así que aproveché y compré el diario, saqué el boleto y caminé empujando la bici hasta el fondo del andén. Me prendí un cigarrillo y abrí el diario para hojearlo cuando alguien me habló.

- Linda bici.

Levanté la vista y giré la cabeza. Un tipo de unos 50 años bien curtidos, con el pelo largo y entrecano repartido de una manera desigual y barba descolorida de semanas, estaba apoyado en el poste del farol. En el piso se desparramaban seis o siete bultos, entre bolsos deportivos a medio descoser y bolsas de consorcio negras llenas de cosas.

- Se. Está cascoteada pero se la aguanta. Lástima la pintura.

- Pero eso con una buena pintada, te queda como nueva.

Seguimos charlando. El tren que no venía. Le pregunté si estaba laburando. Me dijo que no. Que andaba con eso a cuestas. Que tenía una casa. No le pregunté nada. Cambiamos de tema. Abrí de nuevo el diario, como por instinto.
- Que bien ganó Lanús ayer, eh.

Busqué rápidamente en las últimas páginas. 2 a 1 a Libertad en Asunción por la semifinal de la Libertadores.

- Y de visitante encima –le respondí.

Seguimos por ahí. Los buenos jugadores del equipo del sur, que Boca había hecho tan mal en largar a Silva. Me habló de San Lorenzo, que jugaba bien y estaba para ser campeón. Le dije algo del Papa y al toque me sentí un pelotudo. De lejos la luz del tren pasando el cruce de Chivilcoy.

- Si viene muy lleno no me subo. Total no tengo apuro – me dijo y empezó a cargarse los bultos al hombro. Rechazó de buena manera mi intento de ayudarle y caminamos para el borde del andén, calculando la altura en que pararía el furgón. Cuando el coche se detuvo frente a nuestras narices, me dijo que esperaba al otro y nos dimos la mano. Apuré el paso y levanté la bici para que alguno la agarrara desde arriba. Me trepé al cajón de lata pintada y fui a apoyarme contra una de las paredes de chapa.


Los furgones son un mundo dentro de un mundo. Pasan más cosas allí que en todas las oficinas de la administración pública, casi que en cualquier otro lado y la gente se da la mano todos los días, como no paso en los ascensores de los edificios o arriba de los colectivos. Siempre hay música –la cumbia, el pity y los redondos puntean arriba en las preferencias-, hay humo de tabaco y de porro, partidos de truco de parado, otras bicicletas, cerveza en botellas de coca sin etiqueta, pasamanos, cajones con flores que vienen de Pilar, tuqueros hechos de papel metalizado de cigarrillos, tipos que venden medias, mujeres con tres o cuatro nenes a cuestas, espejos de pie, hay griterío, puteadas  siempre hay charla, con quien sea, hay miradas cómplices y miradas inquisidoras,  a veces hay hasta baile; una vez vi a un pibe con gorrita que sacó a bailar a una señora y a una piba que no era su hija, y bailó con las dos a la vez una cumbia de la nueva luna.

Me senté en el suelo y abrí de nuevo el diario. Siempre pasan cosas dignas de ser contadas en ese lugar. No quiero seguir abriendo ventanas que después no sé si voy a poder cerrar pero resulta  que hubo una pelea a gritos entre un hombre y una mujer en el vagón contiguo. Todos paramos la oreja y volteamos un poco para mirar. No se entendía nada. Primero pensé que era guaraní, pero después me di cuenta que no, que le faltaba el cantito. Me paré un poco para mirar. Era gitano. Un tipo increpaba a los gritos a una mujer y se le iba casi encima, mientras tres chiquitos se aferraban a las piernas de la madre que trataba de librarse como podía de la avanzada y respondía cosas ininteligibles. Un flaco del furgón se paró y enfiló para donde se llevaba a cabo la pelea, que era más una cantinela de uno que de dos. Un viejo quiso intermediar y lo mandaron a los empujones para el furgón. Ahí llegó la gendarmería y se llevaron al gitano para el otro lado del tren, diciéndole que era un cagón. Un escalofrío de contradicción me cruzó la espalda. La gorra, cagón, la contradicción. De vuelta en el furgón, el viejo, acodado en uno de los laterales intentaba justificar su intervención mientras un tipo de chomba blanca y anteojos colgando del escote le decía que no había que meterse, que eran cosas de ellos, que siempre pasaba y toda la perorata. Ahí saltó otro,  apoyando la posición del que abogaba por la no intervención y el viejo trató de musitar una protesta, pero lo cortaron de lleno. Me dieron ganas de mandarlos al carajo, de decirles que eran unos cagones ellos también y otras tantas cosas, pero ya estábamos entrando en la estación de Retiro.

Salí por Ramos Mejía y pedaleé al rayo del pleno sol del mediodía, rodeé la Plaza San Martín por el bajo, doblé en la calle del Luna Park, cruzando las bocacalles desenfrenadas del centro de Buenos Aires hasta que agarré una bicisenda que me llevó hasta la Facultad.


Resignado por la vicisitud del diploma provisorio, doblé por el pasillo y entré al baño que está al lado de la mesita. Me saqué la remera transpirada y me mojé la cara y la cabeza. Después me enjuagué las axilas y el pecho, por suerte a esa hora y un viernes hay poca gente en esos lugares que rejuntan en pequeñas y efímeras instantáneas a contentos y amargaos. Me puse una camisa blanca impecable, linda, que me trajo mi vieja de un viaje para que el pibe tenga una pilcha, así que para darle el gusto y además que nunca se sabe. Volví al auditorio mientras arrancaban los compases del himno, esperé paradito como un granadero de Patricios y con los aplausos busqué el número 96 que me habían asignado pero finalmente me senté adonde encontré lugar, primer asiento, tercera fila del lado derecho.

Ahí empezó el acto de colación. Mirá que hay que ponerle un nombre tan feo a una entrega de diplomas, encima con una palabra que nadie usa y cuyo significado pocos conocen. Las palabras iniciales las dio uno de los figurines que estaba sentado en la mesa larga encima del escenario. Que era un día especial, que el orgullo de los padres y amigos, que lo trascendente del momento. Cuando citó a Florencio Sánchez y “M´hijo del dotor” anticipé una perorata berreta sobre el ascenso social y empecé a bostezar. Al rato invitaron a hablar a la piba que tenía el mejor promedio de la camada. Se había arreglado el pelo y tenía un vestido sobrio y elegante, de esos con los que se va a los casamientos. Se paró en la tarima del micrófono y desdobló un papel para leer. Recorrió prolijamente todos y cada uno de los lugares comunes en los que uno se puede detener en este tipo de circunstancias. De alguna manera esperaba escucharme representado en esas palabras, alguna referencia ineludible, algún recodo intempestivo, algún gesto de insurrección, pero nada. Otro discurso parecido a tantos, digno de ser archivado en los anaqueles del olvido. Después habló la secretaria académica de la facultad, y cuando empezó a mentar los logros de esta alta casa de estudios y a remarcar que había que defender por eso los procesos democráticos en la universidad, resoplé, abrí la mochila y saqué mi cuadernito.


Me puse a escribir mis votos, aquellas cosas por las que tenía ganas de jurar. Pensé en que la Patria es una entelequia, una cajita vacía llena de cosas y que no quería jurar por la misma patria de tantos hijos de puta, la de Mitre, la de la civilización sarmientina, la del coronel Rauch, la de  Roca en el billete de cien, la del comisario Ramón Falcón, la de Aramburu, Rojas, Onganía, Videla. La patria es otra cosa, me van a decir. Hasta ahí vamos. Pero a veces hay que aclarar de qué lado de la mecha uno se encuentra. Si algo aprendí en la facultad -y aunque no pueda citar dos líneas enteras de ninguna de los tipos que leí durante diez años- es que las palabras no son inocentes, sino un campo de batalla en el que tantos se juegan la vida y en el que siempre pierden los mismos. Pensé en que me gustaría jurar por los que vivían acá antes de la avanzada del genocidio, por los obreros venidos en los barcos, los asesinados en la Patagonia o en los quebrachales de La Forestal, los que patearon hasta la plaza con los pies en carne viva un 17 de octubre, por los fusilados, los torturados, por todos los compañeros que nos arrancaron, por los más cercanos, los de Mosconi y Cutral Có, los del 19 y 20, Maxi, Darío, Carlos, Julio, Mariano, por todos los pibes baleados por la espalda en cualquier barrio, en cualquier esquina. Por Luciano, símbolo entre tantos.

...

No me acordaba qué opción había marcado para la jura, cuando había presentado todos los papeles para el trámite del título. Habían pasado casi 3 años. Cuando llamaron a los que iban a jurar por Dios y la Patria rogué que no me hubieran traspapelado. Cuando anunciaron que la tanda siguiente juraría por Dios y los Santos Evangelios, ni me inmuté. Vi pasar a los que se acodaron paraditos a un costado del escenario. A riesgo de pecar de intolertante, todavía no puedo creer cómo alguien puede elegir jurar  por eso, habiendo tantas cosas más urgentes y más necesarias. Por suerte eran pocos, aunque no tanto.

Luego llamaron a los del Bienestar de la Humanidad. Ahí me entusiasmé un poco. No está tan mal después de todo, me dije. Ni me nombraron. Ahí lo miré al flaco de la organización, el que me había palmeado con aquello del diploma provisorio, que estaba parado contra una pared a un par de asientos de distancia y le pregunté con señas si estaba anotado. Me dijo que sí con la cabeza. Le pregunté entonces si había otra vuelta, moviendo la boca y haciendo señas con las manos. Nuevamente me contestó afirmativamente y volví a acomodarme en el asiento. Las chicas que pasaron a jurar por la humanidad me parecieron las más lindas de todas. Las de dios y los santos evangelios se me antojaban feas y poco agraciadas. Estas en cambio -sugestión o vaya a saber uno qué, es cuestión de creer o reventar-  no sólo que eran las más lindas, sino que sus vestidos lucían los colores más alegres y por alguna insidiosa razón, sonreían más que las demás.

Después vino el turno de los que juraban por la Constitución. Ahí se me acercó el flaco de la organización.

- En la próxima venís vos, estás anteúltimo.

Finalmente, me tocó la tanda de la Constitución y los derechos democráticos del pueblo. Bueno, al menos no juro por Dios y los evangelios, pensé mientras nos acomodábamos en dos filas al costado del escenario. Igual podría haber jurado por el bienestar de la humanidad, que al menos tiene cierta reminiscencia libertaria, me dije, pensando también en aquello de perder el pelo pero no las mañanas,  mientras nos invitaban a jurar a voz en cuello, so pena de que la Constitución y la sociedad nos lo demanden.  Proferí un sí juro tibio y desprovisto de emoción y aguardé a que me llamaran, paradito a un costado con las piernas cruzadas.

-SubearetirarsudiplomadeProfesordeenseñanzamediaysuperiorencomunicaciónsocialel licenciado... - dijo una voz por el altoparlante.

Subí los escalones de madera sonriendo. Hasta en lo de licenciado le pifiaron. Las vueltas insondables, pensé mientras dejaba a atrás a la última piba de la camada que esperaba su turno, cuya cara me resultaba muy conocida, pero de la que no me acordaba su nombre ni en qué circunstancia nos habíamos cruzado. Fui a darle un apretón de mano a cada uno de los figurines que estaban sentados en la mesa. El profesor pelado de anteojos que había citado a Florencio Sánchez se adelantó y me extendió el rollito de cartulina blanca, atado muy a reglamento con una cintita celeste y blanca, los colores de la patria. Crucé el escenario de lado a lado y me detuve unos segundos en el borde buscando a mis viejos en la marea de asientos. Mirando imprecisamente hacia el lugar donde recordaba que se habían sentado, levanté el rollito de cartulina blanca y lo agité en el aire. Pensé que estarían tan contentos, al igual que mis hermanos, tanto el que había venido, como el que no había podido zafar del trabajo, porque le había avisado con tan sólo un día de antelación. Y que mis amigos también estarían muy felices, si los hubiese invitado.


Después vinieron las fotos en el hall. Mi vieja me abrazaba rebosante de felicidad.

- Abrí el diploma –me dijo. Sonreí.

- Es de mentira, una falacia, –le contesté mientras sacaba la cinta y desplegaba el rollito de cartulina en blanco. Mis viejos y mi hermano pasaron de la cara de asombro a la risa. Tuve que explicarles sin lujos ni detalles las vicisitudes de la burocracia del retiro y la entrega de títulos, las contrariedades de no confirmar asistencia a eventos tan importantes por mail, siempre tratando de pasar por alto alguna responsabilidad propia, por acción u omisión.

Nos tomamos fotos con la cartulina enrollada. Mi viejo disparaba a mansalva. Toda la vida anduvo con una Canon Réflex que se había comprado en los ´70, un tiempo después de casarse, con la que sacaba unas fotos increíbles en las vacaciones y que nos prestaba a regañadientes, luego de nuestra insistencia inflexible y desmesurada, con miedo a que se nos cayera de las manos y se la rompiésemos. Ahora se trajo de afuera una réflex digital de la misma marca que también lleva a todos lados, así que entre eso, el kirchnerismo  y el bigote que luce igual al día en que se casó con mi vieja en agosto del ´73, anda con un reverdecer setentista que ni te cuento.

Salimos los cuatro de la Facultad, aun pegaba fuerte el sol del mediodía y caminamos el tramo hasta el barcito de la otra cuadra discurriendo entre los avatares del rollito de cartulina y los pormenores y contraindicaciones de los profesores que fuman marihuana. Mi vieja insistía en que a la larga había efectos colaterales indeseados y yo le esquivaba el bulto, argumentando sin convencerme del todo que mejor un buen tipo lúcido fumado que un forro de saldo que nunca se había prendido un porro. Comimos algo en unas mesitas en la vereda y brindamos con cerveza por los méritos y honores –discutibles al fin y al cabo- del agasajado y por las vicisitudes de la vida, que muchas veces no son ni más ni menos que tener que ir tres veces en el mismo mes a la ventanilla del departamento de títulos, una vez para retirarlo, otra vez para devolverlo, y la tercera, cual murgón, la retirada definitiva.


Nos despedimos con abrazos, besos y tequieros en la calle y desandé el camino de regreso a la facultad para buscar la bicicleta que había dejado atada. Me saqué la camisa blanca impecable, la guardé desprolijamente, me calcé los auriculares, los lentes por el sol y para la gente que me da asco y pedaleé cantando a Luca, con el viento de frente revolviéndome los pocos pelos, Belgrano, la subida de Huergo, Madero, hasta la estación del Ferrocarril San Martín. Pasé por entre los picaboletos empujando la bici y mostrando medio doblado el boleto de la ida y trepé por el andén 4 hasta el furgón más cercano. A esas horas de la mediatarde los furgones andan semivacíos y aunque son menos coloridos también uno se puede echar más a gusto. Me senté en el piso y al toque subió un pibe morochito, con algunos granitos en las mejillas, con una chomba rosa y unas bermudas verdes, un pibe de esos con los que sueñan aterradas las señoras de los barrios bien y  por los que cruzan de vereda los que andan desconfiados por la vida con un ojo atrás y otro adelante.

Me saludó y me preguntó si tenía un tuquero. Pensé por un segundo y lo miré con cara de por ahí tenés suerte mientras metía la mano en la mochila y sacaba la pipita de madera que compré en la feria al pie del Uritorco, una exactamente igual a aquella de un puestito de Plaza Serrano que terminó, por obra y gracia de vaya a saber uno qué reparto fortuito, en el bolsillo de un policía de la caminera de Córdoba que nos hizo revolver el auto de pe a pa, luego de salir de la estación de GNC acomodada al borde de la ruta en las afueras de Alta Gracia sin haber encendido las luces bajas.

Le pasé la pipa y le calzó en el agujerito una tuca gordita que encendió con ansia y esmero. El heladero que se trepó al furgón lo previno de que andaba cerca la gorra, que mejor esperase a que arrancara el tren. El pibe apagó el culito de porro en el suelo de chapa y no más echada a andar la bestia de metal le dio mecha nuevamente y me la pasó. Fumamos en silencio y cuando me devolvió la pipa vacía me empezó a contar que venía de la villa, que no había nada de porro, que apenas si había podido conseguir veinte pesos de un paraguayo medio pelo, mientras me mostraba una bolsita de nailon con un picadito de color verdeamarronado.

- Encima picado –le dije.

- Seee, encima picado. Está re difícil conseguir, si vos me decis que sale una movida ahora para pegar 100 pesos me bajo donde me digas. Igual pegué unas pastillas para el baile de mañana.

- ¿Qué son?

- Pastillas

- Si, ya sé, pero de cuáles.

- Clona, y esta…, cómo es…, rivotril.

- A mí no me caben mucho, me dejan muy boludo –le retruqué intentando abrir una ventana cuyos postigos de hierro andaban demasiado hinchados por el calor.

- A mi no, me dejan bastante piola y rescatado.

Se me cruzó como una nube el sermón, pero pasó de largo. Siguió charlándome un poco más sobre drogas, hasta que me volví a sentar y saqué de la mochila un libro de Soriano. Lo abrí en cualquier página, buscando alguna referencia a los caminos y las rutas. El pibe se me sentó al lado y se quedó mirando la tapa celeste con un auto viejo impreso en negro de una colección de bolsillo que supe comprar en una mesa de saldos por 20 pesos.

- La hora sin sombra – leyó y se quedó un rato mirando la tapa.

- ¿Lo conocés?

Negó con la cabeza y entonces le conté algunas cosas sobre ese gordo tan entrañable, hincha de San Lorenzo, que se nos había muerto tan temprano, cuando tantos hijos de puta se mueren de decrepitud, con la conciencia incólume y la impunidad recorriéndole las venas. Cuando llegábamos a La Paternal se levantó y me extendió la mano.

- Nos estamos viendo por acá.

- ¿Cómo te llamás loco?

- Marcelo

- Gonzalo, un gusto.

Se dio la vuelta y con un salto aterrizó en el andén y se perdió por entre los pocos que andaban por ahí a esa hora. Me quedé pensando de a ratos, hojeando el libro a intervalos, buscando alguna cosa, algo que sabía que estaba allí pero que no terminaba de encontrar. Cuando llegué a Villa del Parque un tipo me sostuvo la bici mientras me bajaba, y pedaleé otra vez bajo el sol, pensando en que tal vez le tendría que haber regalado el libro, por más que quizás no lo fuera a leer jamás, aunque nunca se sabe, pero lo necesitaba esa tarde para la radio y todavía no terminaba de encontrar los párrafos que andaba buscando.


Al día siguiente vino al programa que hacemos los sábados a la mañana en la radio Carlos del Frade, periodista rosarino, un tipazo de esos que te dan ganas de abrazar apenas te saludan, y mucho más cuando los escuchás hablar, diciendo cosas que todo el mundo sabe pero con una claridad y una sencillez que no abundan en estos tiempos y por estos lares. Conversamos un buen rato al aire, entre mates y criollitos de grasa, sobre el narcotráfico, las drogas, la juventud y otras yerbas.

Nos contó que la primera ruta de cocaína que viene de Bolivia a la Argentina la trajo Leopoldo Fortunato Galtieri, cuando el tipo que después nos llevó a las Malvinas era comandante del Segundo Cuerpo del Ejército, con asiento en Rosario y jurisdicción sobre las provincias de Santa Fé, Misiones, Formosa, Chaco, Corrientes y Entre Ríos. Relató que el forro este le dio asilo a dos coroneles bolivianos, Arce y Gomez García Mesa, que en julio del ´80, con el apoyo de Galtieri, dan lo que se conoce, en la historia de Bolivia y en América, como el ‘narcogolpe´. ¿Con qué pagaron los muchachos la colaboración de Galtieri? Con la habilitación de la primera ruta de importación de cocaína hacia la Argentina. Hecho que fungirá como el origen histórico grande de lo que va a ser el camino de democratización del consumo de cocaína en Argentina.

-  El narcotráfico es la etapa superior del imperialismo –arrojó sobre la mesa parafraseando a Lenin, y siguió.

- Efectivamente, el narcotráfico es el circuito, el flujo, el caño de dinero fresco que tiene el sistema capitalista para generar negocios económicos y políticos. ¿Cuál es el gran negocio político? Hacer de nuestros pibes consumidores consumidos, soldaditos inmolados en el altar del dios cada vez más perverso que es el dinero, para que nuestros pibes no vuelvan a enamorarse de la palabra revolución, como en los años ´70.

Luego seguimos conversando, ya entregados a su discurrir ameno y punzante, mirándolo con los ojos abiertos de la sorpresa y la admiración. Nos llevó por la ruta de la coca en el norte, el plan Colombia y Ronald Reagan, el señor de los cielos, capo del cartel de Juárez que se resguardó en la Argentina como la viuda de Pablo Escobar, de las complicidades políticas, de la cana, que es en todas las provincias el principal cartel de distribución, de esa hipocresía tan fundante de la Argentina contemporánea que le permite a tantos caretas rasgarse las vestiduras por el descubrimiento tardío que hacen del narcotráfico los medios, la Corte Suprema, la sacrosanta Iglesia Católica, que ahora repara en los sacerdotes que en los barrios hace 20 años que están enfrentando al narcotráfico.

Cuando el panorama ya pintaba desolador - sospecho que nuestras caras no podían disimular el abatimiento- nos lanzó una soga al fondo del pozo ciego y tiró con fuerza para dejarnos de nuevo a expensas de un cielo más diáfano.

-Siempre hay tiempo, porque el combate es contra el capitalismo. ¿Cómo se combate a esto? En lo cercano, en las escuelas, en los comedores comunitarios, dándole sentido a la vida de un pibe, porque este es el drama, nos están matando a los pibes, porque el que vive con sentido le va a dar un sentido a la vida, ahora el que vive sin sentido mata o es muerto sin sentido. Así que el combate al gigante es desde los pies, cuerpo a cuerpo, uno por uno, porque salvás a un pibe y salvás al universo. Por ahí pasa la esperanza.


Me quedé pensando mucho en todo eso, sobretodo en la última frase, en lo certero y lo rotundo de esas palabras puestas juntas casi como al pasar, sin un ápice de ingenuidad, con la convicción del que no duda ni un segundo de qué lado y en qué trinchera hay que resistir.
Pensé sobretodo en los pibes de la Escuela de Reingreso de la noche, muchos de los cuales no son tan distintos del flaquito del furgón, el de las pastillas, al que no le regalé el libro de Soriano. Son parecidos, con la diferencia de que por el azar, la causalidad o una mano puesta sobre el hombro a tiempo, terminaron en lugares diferentes, tan lejos y tan cerca a la vez.

Pensé en los pibes del Barrio Mitre, que muchas veces no entran a la clase para quedarse jugando a la pelota en el patio. En Pitu, que todos los días viene con una remera de Platense distinta y siempre con Bautista en los brazos. En Yesi, que cada vez que hablaba de Perón en algún trabajo le dibujaba al lado un corazón, que quiere ser abogada y ganar plata pero defender a los buenos y que cada tanto nos deja a Moira para que se la cuidemos un rato en la sala de profesores. En Alexis, que el año pasado abrió la puerta de un aula que no era la suya, caminó en silencio por el pasillo hasta el escritorio sobre el que yo estaba sentado y me pidió al oído si tenía una seda. En Sebastián, que hace dos años decía que había que poner bombas en las villas porque si un árbol está podrido hay que arrancarlo de raíz y que el otro día, los caminos de la vida, me dijo que él tenía más que ver con la gente que vivía en la villa que con los ricos de Recoleta. En Soledad,  que con tan sólo 20 vivió dos vidas más que yo, que se para arriba de la silla moviendo sus brazos flaquitos para decirle a Alan que es un facho por votar a Macri o que les grita a sus compañeros que son unos machistas insoportables por decir que una mina que va a un boliche con pollera corta y mucho escote es una trola, mientras ceba un mate y se lo pasa a su compañera de banco. En Guillermo, que ante mi pregunta de si conocía quién era el Che Guevara, entrecerró los ojos como buscando en el archivo, me miró con cara de porfía y arriesgó que si no era un cantante de rock. En Ayelén, que este se año se trajo a David, un nene de 8 meses de Tucumán porque una señora amiga de su comadre tenía tantos hijos que no lo podía cuidar, y que cada vez que me ve me grita ‘hola enanito´ y me roba siempre una sonrisa. En José Luis, Muque para todos, que salió a chorear y se aspiró todo lo que encontró, que vio caer a sus compañeros frente a sus ojos y terminó visitando medio docena de institutos para jóvenes delincuentes durante cuatro años de su adolescencia;  que una tarde se sentó a escribir su historia, a pedido del Gordo Victorero y mío, y se mandó cuatro hojas escritas de los dos lados, sin puntos ni comas ni acentos, y terminó ganándose el cielo del año aprobado en la libreta. En Roberto, que hace unos años se enamoró tanto de María que se obsesionó, y la siguió durante año y medio con disciplina militar, todos los días las diez cuadras hasta Cabildo, hasta la casa de ella, buscando el momento imposible para hablarle, guardándose todo lo que no le podía decir y ella, con toda razón, no quería escuchar. Roberto, el bicho raro al que todos miran con aires de reprobación y que la semana pasada, cuando despedía a los pibes de segundo año, se me acercó, me abrazó y me dijo un te quiero mucho tan intentendible como sorpresivo, tanto que tuve que preguntarle qué había dicho.

- Que lo quiero mucho

- ¿En serio? –fue lo único que alcancé a decir.

Sí –dijo dándose vuelta y enfilando para la puerta del aula ya vacía, mientras yo me quedaba con la boca abierta, entrecerrando los ojos y sacudiendo la cabeza como para despabilarme.


También me estuve acordando de los pibes de la Rumania del barrio Villa Real, ahí cerquita del límite de la Gral Paz con Ciudadela, que en su mayoría se venían del Barrio Ejército de los Andes. Cuando les preguntabas en dónde vivían, nunca decían Fuerte Apache. Me regalaron una primera semana de clase digna de la antología. Me acordé del Colo, que al tercer día me tiró.

- Linda computadora profe. Se la vamos a robar.

- Salgo a las tres y media. Los espero 10 minutos y sino arranco.

Un  mes después, abatido, vino a contarme que lo habían echado. Resulta, no me lo dijo pero después me enteré, que se había prepoteado con uno y parece que había sacado un cuchillo. Me abrazó. Yo no lo podía creer. Hacía 3 días que me había asombrado verlo sentado durante hora y media escribiendo un trabajo  sobre un cuento de Poe. En ese momento pensé, y nada me convenció aun de lo contrario, que ese destierro era el símbolo inequívoco de que los fracasos sostenidos son responsabilidad de los adultos y no de los jóvenes, y que no hay otra que dar vuelta todo y armar el mundo de nuevo desde la raíz.


Estos días fueron pródigos en historias, encuentros, anécdotas. Ocurre a menudo, que a veces no pasa nada y otras veces pasa todo junto, como un vendaval de lluvia y barro. Ayer pasó por casa el Chango Orellana, que se vino unos días desde Santiago, y entre chacareras me leyó un rato y se acordó del zumbido en el oído del protagonista de La hora sin sombra, ese que sólo amainaba su furia de moscardón cuando el tipo se tiraba unos tiros para despejar la cabeza. Escribir, contar, vomitar sobre el teclado es un poco eso, tratar de conjurar el rumor de voces, espantar al moscardón que revolotea alrededor de la oreja, mandar a dormir un rato al pájaro carpintero que te picotea el mate.

Sigo pensando en los pibes. Y en las pibas. En que ellos son la llave que abre y que cierra los entuertos. Como siempre, a mí lo de cerrar es lo que se me dificulta. Pienso en que tal vez no haya causas ni azares, aunque muchas veces unas te anden cercando y los otros te anden enredando. Como salir a la calle de mediodía el día de tu cumpleaños número veintinueve para ir a comprar el pan y encontrarte, de mañoso por andar mirando de reojo los carros de basura, una pila de discos de vinilo, pasarlos uno a uno con asombro de no creer, Spinetta, Los Beatles, Invisible, Pugliese, Soda, Gilberto Gil, Michael Jackson…

Pienso en todos y cada uno de los pibes con los que nos cruzó la causa y el azar en estos años. En los chiquilines de segundo de la Cortázar que me maravillan con la ocurrencia y la frescura que tantos quieren apagar, o en los de segundo de la María Claudia Falcone, que se demarcan mutuamente como los jipis y los chetos, en que no tienen tanto de parecido con los otros, que no gritan urgentes que los salven pero que también molestan a los guardianes del orden establecido, no agachan la cabeza, discuten la desigualdad, te hablan de vos desde el primer día, se ríen con impunidad, votan a mano alzada. Si nuestro amo -que siempre juega al esclavo, ese es el yeite macabro- pudiera, también los bajaría sin miramientos de un tiro en la espalda, pero por ahora se conforma con ponerle fichas a que el dios mercado, el consumo, la tele y las frustraciones hagan su tarea fina.

Pienso en los demás también, en los momentos tan personales que ni me atrevo a reproducir, en las risas intempestivas que me despiertan a cada rato. En las charla de hoy a  la tarde sobre comida peruana y boliviana con el grupito de pibitas de segundo que casi siempre andas calladas y bajan la mirada muy a menudo, marcadas a fuego por algún estigma perverso y tan efectivo que nos hace sentir un muro de distancia con el hermano que se sienta al otro lado del pasillo. En aquello de que nunca se puede bajar la guardia, porque todo lo que pasa a tu alrededor te reclama, en que hay cien historias por cada módulo de hora y veinte, en que todos los días es como volver a empezar pero desde donde dejaste ayer.

Recorro como en una tira de diapositivas todas las estaciones de tren de esta historia que aun no sé bien de qué la va, pero que pedía a gritos salir por la boca.  Ahí están el furgón, el rollito de cartulina blanca, la feria de las vanidades, dios y los santos evangelios, las pibas del bienestar de la humanidad, la pipa de madera de una feria en Córdoba, la puesta en escena de los juramentos de cartón piedra, un pibe de la escuela de la noche mangueando un cigarrillo, Abbey Road sin escalas del tacho de basura a la bandeja tocadiscos que me trajo Dieguito la semana pasada.

Pienso en Carlitos del Frade, que vino a la radio el sábado y que nos regaló una bocanada de aire fresco y un título para esto que parece terminarse, pero que es sólo un comienzo entre tantos. En este mundo de hoy, que te esnifa la cabeza una y otra vez, diría Carlitos, la lucha con el gigante es desde abajo, martillándole los pies hasta hacerlo caer derribado; la marca es hombre a hombre, como en los partidos de fútbol que se ponen fuleros.

Salvás a uno y salvás el universo, grita Carlitos, y nosotros nos terminamos de convencer de que cuando ganemos la batalla, mañana o el día después, vamos a quemar nuestras naves fabricadas con pedazos de otros naufragios, para que nunca nadie jamás regrese a esta orilla de la desolación. Y cantaremos bien fuerte, a voz en cuello y con el puño levantado, que el día o la noche en que por fin lleguemos, no habrá más penas ni olvido.

Noviembre de 2013


A Mirta y Félix, por dejar la puerta sin llave de noche, para poder salir a jugar.

lunes, 25 de marzo de 2013

Rodolfo y las sillas


Hace algunos años, vino a la Facultad de Sociales Lilia Ferreyra, quien fuera compañera y mujer de Rodolfo Walsh.  Dio una charla en el auditorio de la vieja sede de la calle Ramos Mejía, en Parque Centenario. No seríamos más de 100; todos la escuchamos en silencio, asombrados, contar no sólo muchas de las cosas que ya sabíamos o habíamos leído –la Carta abierta, la lucha informativa en la Clandestinidad, la inteligencia en Montoneros, la decodificación de la invasión yanqui en Bahía de Cochinos- sino también pequeños retazos de la humana y cotidiana vida de Rodolfo. En la voz de Lilia, el inmenso y mítico Rodolfo Walsh, el ejemplo y el mártir, tomaba dimensión terrenal.

Recuerdo dos cosas que me quedaron grabadas, y que dieron vueltas mucho tiempo en mi cabeza.
Una, su amor por los caballos. Contaba Lilia que Rodolfo amaba a esos bichos, de una manera apasionada, casi irracional. Lo imaginé montando contra el viento, allá en su lejano Choele Choel, cabalgando contra el olvido.
La otra, la enorme timidez e inseguridad de Rodolfo, su pánico a hablar en público. Lilia contó una anécdota que lo pintaba de cuerpo entero. Walsh tenía que dar un discurso, no recuerdo exactamente en dónde, quizás en la CGT de los argentinos. Estaba aterrado, paralizado. Evidentemente, lo suyo no era el baño de masas, aunque su lucha y su legado conectan ahí, en el sentir más profundo de un pueblo.  Así que se subió a una silla y mirándola a su compañera desde ahí arriba, comenzó a ensayar su discurso, su arenga. Según contó Lilia aquella noche de marzo en la facultad, Rodolfo se hizo también así, a los ponchazos, subido a las mesas y las sillas, jugando a ser Lenin, o Fidel, o Perón, para darse coraje.  Ese que no le faltó cuando redactó  su carta de denuncia, como un trompazo al corazón del monstruo genocida; ese que le sobró cuando lo emboscaron a plena luz del día, hace 36 años, con su revólver en una mano y el maletín con las copias de la Carta a la Junta en la otra, literalmente armado de valor hasta los dientes.


jueves, 21 de marzo de 2013

Anti-elogio de la pobreza. Disquisiciones ¿filosóficas? en trece actos

I

Son tiempos aciagos estos, pienso mientras me siento a escribir. Es como vivir hace una semana en una especie de realidad paralela. Busco diluir el enojo, tratar de pensar, mirar desde un lado y del otro. De todos modos, hay lugares que ni pienso pisar, ya sé hace unos años que hay ciertas veredas a las que se que no me cruzaré jamás. Pero evidentemente, no todo es blanco y negro, y empiezo a sospechar que a los enojados e indignados hay algo que se nos está pasando, algo que no alcanzamos a percibir o leer, detrás de la cortina nebulosa, de toda la lluvia que nos estuvieron vendiendo en estos días.
Trataré de ser franco, todo lo que se pueda y a contramano con el clima de época. No puedo sumarme a la ola de euforia, júbilo y algarabía ante la designación de un papa argentino. Lo miro desde afuera, con una mezcla de asombro y desconcierto. Se pasó la bronca, se fue diluyendo la indignación, esa que brota desde lo más hondo y de manera cuasi irracional ante lo que uno cree que son injusticias, retrocesos, rodadas cuesta abajo. Me limito a mirar con extrañeza y curiosidad aquellas manifestaciones de sincera alegría popular, con incredulidad a aquellos que se cambian de ropajes al mejor postor, con rabia a los miserables de siempre, los agoreros de la desdicha, los genocidas que se prenden la escarapela, los versadores de dictaduras y de muertes, los reaccionarios de la viga en el ojo propio.
De repente, de un día para el otro y como quien no quiere la cosa, nos inunda una marea imprevista, desmesurada, irracional. Sensaciones, emociones, palabras, imágenes, discursos, aparecen encaramados sobre un cauce desbocado que parece dispuesto a darlo vuelta todo, a romper los diques, los esquemas. Pienso que a pesar de todo, es un buen momento para estar vivo; es también un buen momento para pensar, para conversar con los otros, para tratar de entender, para revisar los postulados con los que se mira el mundo y también para reafirmarlos en renovada convicción.
Son tantas las cosas que escucho, que veo, que se me hacen inabarcables. Quiero decir tanto que me desboco. Doy vueltas en la cabeza, hasta que se me aparece algo, una hendija pequeña en un muro opaco, la punta de un ovillo enrevesado, un punto de partida o de entrada, uno entre tantos.
Hace días, y como hace mucho que no, escucho hablar de la pobreza. El papa y los pobres están en boca de todos, en la radio, en la tele, en el diario. Son los nuevos vientos que soplan desde esta lejana tierra del sur. Lo gritan a coro los medios de desinformación del mundo, el nuevo papa es una persona común: sencillo, humilde, austero y encima se elige el nombre de un tipo que, según cuentan, le dedicó su vida a los pobres, haciéndose él mismo uno más de ellos. Lo oigo decir que quiere una iglesia pobre, para los pobres. Me suena a contrasentido, a pretender que no sean opuestas las dos caras de una moneda, a que puedan juntarse el agua y el aceite por algo más que unos pocos segundos. Pienso en la potencia de las palabras, de los significados que estas pueden construir, en cuantas cosas pueden decirse sin decir nada, y en cuantas cosas pueden esconderse detrás de lo que se dice.
Pienso en la pobreza. Está allí, en boca de todos, en perfecto estado de abstracción.  Aparece como una categoría absoluta, algo escindido de lo mundano y lo terrenal. La pobreza es como el amor, el dolor, la amistad, la solidaridad. Es un valor, una entidad autónoma que siempre depende de quien la enuncie y de quien la sienta.
No hay responsables, no hay relaciones, no hay causas ni hay consecuencias. Hay pobres, como hay niños, como hay ancianos, como hay hombres y hay mujeres. Hay pobres pero la existencia de los ricos se desdibuja, no hay pocos que se quedan con lo mucho que es de todos, no hay repartija de la torta, no hay hambre, no hay guerras, no hay muchos pobres porque hay pocos ricos. Tan sólo esa cosa que está ahí, fijada desde lo inmemorial, una entidad con carácter de eternidad, etérea, divina, mítica, el estadio superior de todo lo vil y lo bajo en este mundo; señoras y señores, con ustedes, la Pobreza.

II

Los pobres son la sal de la tierra, me van a decir. No son algo abstracto, una enajenación, están ahí, son el pueblo de Dios, los humildes que sonríen en sus corazones porque ahora tenemos un papa bueno, uno de los nuestros; incluso es una circunstancia que sea argentino, podría ser uruguayo e hincha de Peñarol  y estaríamos en la misma. La posta es que viene del sur del mundo, a un mundo donde los que decidieron siempre fueron los del norte; un tipo humilde y sencillo entre una cohorte de seres viles y despreciables. No tengo argumentos para refutar. En realidad, los tengo, pero tengo que entrar en el juego, en estas circunstancias, me parece, no vale tirar piedras desde afuera, porque no sirve.
De repente, y como parte de ese torrente desbocado que nos invade, todos hablan de Dios, ¿se fijaron? De repente, Dios no sólo es argentino sino que además, como reza la voz popular, está en todas partes, en la escuela, en el subte, en el trabajo, en la mesa, en boca de los mamarrachos que presentan las noticias en los canales de cable. No puedo dejar de sorprenderme con este reverdecer litúrgico, casi en paso de pedo místico. Te das cuenta, me digo, no se puede evitar, hay que entrar en el juego, sino vamos a perder.


III

Creo que nunca creí en Dios, aunque hubo una época en que hice esfuerzos denodados por convencerme de que sí. No sirvió de nada, fue un desvío para volver al mismo lugar. Me acuerdo que una vez, en el catecismo para la comunión le pregunté al catecista –un pibe que no tendría más de 20 años- cuál era el Dios verdadero. Yo tendría 7 u 8 años y me había enterado que existían otras religiones que también adoraban a un solo dios, judíos, musulmanes, protestantes, todos tenían sus reglas, pero tenía que haber una posta, alguien que estuviera en lo correcto. Obviamente, el muchacho nos dio la razón a nosotros, Dios era de los nuestros, los otros ya se iban a dar cuenta alguna vez. Evidentemente, no me convenció la respuesta, porque aquella pregunta volvió a aparecer tiempo después, y afloró una vez más, y otra. La verdad, qué poco tino el tipo, porque me podría haber dicho que había un solo dios, que los hombres lo adoraban de maneras diferentes, y que todas ellas eran válidas. Allí se hubiera zanjado la cuestión, aunque sea temporalmente, y yo me hubiera contentado formulando nuevas y variadas inquisiciones y preguntas.
Todo esto para decir que soy ateo, acérrimo y convencido, pero con la certeza de que no puede cuestionarse la fe, algo que supongo debe nacer de adentro, incontrastable, irrefutable, ese misterio al que aluden todos los sacerdotes en la misa del domingo antes de anunciar la muerte y proclamar la resurrección.
Discutir la fé sería como cuestionar que la lluvia a algunos les da alegría y a otros los entristece. Que hay quienes prefieren un pedazo de torta y otros un pedazo de queso, o algunos que prefieren las frazadas del invierno y otros los sudores del verano. Que hay hinchas de Racing e hinchas de Independiente igualmente apasionados. Que hay tipos a quienes nos gustan las mujeres y otros a los que le gustan los hombres. Que hay mujeres de todos los colores. Que hay personas que se conmueven con los animales incluso más que con las personas. Que un mismo libro, una película o una canción, puede parecerles maravillosa u olvidable a dos personas distintas. Que hay quienes andan con la frente en alto y los pies en la tierra, y otros directamente miran hacia el cielo y despegan unos centímetros del suelo. Sería pues, cómo cuestionar el valor de la libertad, pero no esa cosa abstracta de la que nos hablan para justificar que algunos hacen lo que quieren a cualquier costo y otros ni siquiera pueden elegir. La libertad de sentir, de pensar, de ser y de caminar como uno quiere.
Si la Fé, como los sentires que nacen de adentro, no puede cuestionarse, sí se pueden reprochar dogmas, cuestionarse ideas, puntos de vista, hechos, hombres, la historia. Podría hablar de las miserias de los hombres pecadores que forjaron esta Iglesia que se puso tan de moda en estos días, el poder, el dinero, la monarquía, el discurso único, el absolutismo, los genocidios, la sangre, las cruzadas, todo en nombre de Dios. Pero no alcanza, tengo que entrar en el juego, echar mano a la esencia del cristianismo, es decir, de su máximo profeta y estandarte.

IV

Imagínense que no sólo pongo en duda, porque no puedo hacer otra cosa, que haya sido el hijo de Dios, engendrado en una madre virgen por obra y gracia del Espíritu Santo. Algunas veces me he permitido incluso dudar de que este tipo haya existido realmente, o al menos, que haya sido todo eso que nos cuentan que fue. En este punto, como en la discusión sobre la fe, es a creer o reventar. Pero importa más el relato, el mensaje, el mito que su encarnadura en la historia verídica. Qué importa si Jesús existió realmente, si es el acontecimiento más importante en la historia de la humanidad.
Siempre fue así, y a pesar de mi convencido ateísmo, no deja de parecerme un tipo simpático, entrañable, alguien singular, una fuerza irrefrenable que marcó el signo de los tiempos, un mensaje tan fuerte y radical, que no pudo otra cosa que ser incomprendido y tergiversado. Cosas maravillosas como el amor, la solidaridad, la entrega, la fraternidad, la comunión, olvidadas en los anales de los tiempos por los señores y guardianes de la doctrina de la fe, aquellos que se arrogan el derecho de regentear no sólo todo lo que ese tipo dijo e hizo, sino todo lo que no dijo, pero que seguramente pensaría hoy en día.
Pienso en las cosas que conocemos, que nos contaron, las que aparecen en unos libros que eligieron entre tantos otros para transmitir el mensaje a la posteridad. El tipo era el hijo de un carpintero, ya de chico pintaba para más, cuando los chamullaba a los doctores de la ley en el templo, el pequeño no se apichonaba con los grandes. Andaba rodeado de pescadores, putas y mendigos, llamaba a poner la otra mejilla, a amar al prójimo como a uno mismo, se peleaba con los mercaderes que habían mancillado su templo, y amenazaba con derribarlo y volver a levantarlo en tan sólo tres días desde sus cimientos. Compartía lo poco o mucho que tenía con sus compañeros, amaba a sus amigos y advertía que lo bueno o malo que le hicieran al más pequeño de sus hermanos se lo estarían haciendo a él, afirmaba que era más probable que un camello –hay quienes afirman que hablaba en realidad de una soga gruesa para atar los barcos- pase por el ojo de una aguja que un rico entre al reino de los cielos, invitaba a mirarse las propias manos antes de arrojar la primera piedra, a olvidarse de uno mismo para encontrarse en un abrazo fraterno con los otros, los que lo rodeaban.  
Llevaba un mensaje de justicia, paz e igualdad, también de lucha, nunca de sumisión. Para alcanzar el reino de los cielos no hacía falta más que mirar alrededor y empezar a hacer. ¡Qué efectivos fueron sus glosadores al postergar el reino de justicia para el más allá, salvaguardando y legitimando las injusticias del más acá!
Por su mensaje, a todas luces revolucionario, lo mataron los poderosos, los guardianes de la ley, aquellos que no podían tolerar el desafío arrojado a la cara, el cuestionamiento a un orden corrupto y degradado; un plebeyo, el hijo de un carpintero que se hacía llamar hijo de Dios, y que ponía en jaque todo el edificio construido durante milenios por unos tipos que eran serviles con sus amos romanos, pero inflexibles con su pueblo, un pueblo que había caminado 40 años por el desierto en busca de una promesa de redención. Y piensen también, que no sólo fueron esos poderosos quienes signaron el destino final del accidentado mesías; su mismo pueblo, ese que lo recibió con alegría agitando ramos de olivo le dio la espalda, e incitado por sus líderes, lo condenó a la cruz, eligiendo liberar a un asesino condenado en vez de a un tipo que multiplicaba los panes y los peces, que curaba a los leprosos y le devolvía la vista a los ciegos. Parece que los pueblos a veces se equivocan. Pero no es este el nudo de la cuestión.
Lo que quiero decir, es que el mejor camino es juzgar a la Iglesia Católica a partir de sus propios principios, esos valores transmitidos por el hijo de Dios, salvador de la humanidad. Y ahí pierden por goleada. Pero veamos. 

El mundo en que vivimos

Canal Metro, un programa de mierda, creo que se llama Debate Industrial y un chabón de una empresa de RRHH hablando de los avatares de los ejecutivos y gerentes en la Argentina, y que supuestamente hay menos demanda de esos puestos en el último tiempo. El conductor le pregunta cuánto gana más o menos un ejecutivo, el tipo este dice que al tipo de cambio están altos, da vueltas, habla de Brasil y de porcentajes, no suelta la cifra. El conductor, insiste, cúanto, más o menos, en promedio. El tipo quiere zafar, quizás por lo impúdico o desmesurado de la respuesta, o por tener largamente aprendido el ejercicio de la mesura sobre ciertas cuestiones de las que no conviene hablar, al menos no por fuera de ciertos círculos, para no generar demasiadas suspicacias. Igual no le alcanza, tiene que largar el dato ante la insistencia. Versado en la artimaña, saca a relucir un guante y canta el monto de la guita, pero en dólares. A este tipo de cambio, dice, para nublar aun más la respuesta y sembrar la duda, serán entre 250 y 350 mil dólares anuales, más vacaciones, premios y cosas etéreas que engrosarán la cuenta, al final del ejercicio. Cuanta guita, pienso, y hago la cuenta al instante. Al cambio oficial, son como 1 millón y medio de pesos, para arrancar. Ni me hace falta hacer la cuenta al monto del dólar blue, paralelo, oficializado sin anuncios por el gobierno, es un montón igual.
Pienso que estas cosas se saben, uno sabe que pasan, pero qué cosa distinta con el numerito ahí, dando vueltas en la cabeza.
Un maestro que trabaja doble turno, que además trabaja en su casa, que deja la voz y la juventud entre las cuatro paredes del aula, cobra 6000 pesos, limosna más limosna menos. Un residente de hospital público, o sea, un médico joven y recién recibido que trabaja con la salud de las personas, y que por ahí no duerme por 3 días, anda también por ahí, más o menos.
Igual estas cosas se saben, en qué mundo vivis, me digo, no nos vamos a sorprender a esta altura del partido. Pero igual está el número ahí, fresquito, y a eso sumale el cambio a 8 pesos, toda la perorata de bonificaciones, viajes, casa, auto, y el telo con las amantes pagado con la tarjeta gold de la empresa. Y encima lo que el tipo este seguramente omitió, o la rebaja que le haya metido al monto. Redondeá el número final que quieras, todo eso un gerente de, ponele, Unilever, Citibank o Turner.
El número fresco, me repito. La injusticia, en un puñado de ceros. Se sabe, pero nadie lo dice, no se habla en la tele ni en el bondi de eso. El número, palo y medio, dos palos, gente que no tiene casa, a veces ni agua, pibes que patean calles de barro que se inundan y pavas calentadas con gas de garrafa. El mundo en que vivimos, a esta altura del partido, dejame de joder.

4 de marzo de 2013